La fiesta tiene sus raíces en la tradición oriental, donde surgió probablemente en el siglo IV o V como sustitución de antiguas celebraciones paganas relacionadas con la naturaleza en las regiones montañosas de Asia. En Armenia, por ejemplo, se vincula legendariamente con san Gregorio Iluminador, quien habría reemplazado la fiesta pagana de Vartavarh (llama de rosa) por esta conmemoración cristiana, aunque no aparece en los calendarios armenios más antiguos.2
En la Iglesia siríaca y griega, adquirió gran importancia: los armenios la celebran durante tres días como una de las cinco grandes fiestas, precedida de un ayuno de seis días; en la tradición bizantina, incluye vigilia y octava. La adopción en Occidente fue más tardía. No se menciona antes del año 850 en el Martirologio de Wandelbert, y se extendió gradualmente en el siglo X en diversas diócesis europeas, con fechas variables: el 27 de julio en Galia e Inglaterra, el 17 de marzo en Meissen o el 3 de septiembre en Halberstadt.2
El momento decisivo llegó en 1456, cuando el papa Calixto III la extendió a toda la Iglesia universal, en acción de gracias por la victoria de Juan Hunyadi sobre los turcos en Belgrado el 6 de agosto de ese año. El mismo pontífice compuso el oficio litúrgico. Posteriormente, en 1911, se elevó a doble de segunda clase como fiesta titular de la Basílica Lateranense en Roma.2

