El fundamento de la fiesta se encuentra en el Evangelio según san Mateo (Mt 2,13-18), que narra cómo, tras la visita de los Magos de Oriente, un ángel del Señor se apareció en sueños a José y le ordenó huir a Egipto con la Virgen María y el Niño Jesús para escapar de la ira de Herodes. Este rey, temiendo la llegada de un nuevo «rey de los judíos», ordenó la matanza de todos los niños varones de Belén y sus alrededores de dos años o menores, basándose en la información proporcionada por los Magos sobre el tiempo de la aparición de la estrella.3,4
«Herodes, al verse burlado por los magos, se enfureció terriblemente y mandó matar a todos los niños de Belén y de sus alrededores, de dos años para abajo, según el tiempo que había averiguado por los magos. Entonces se cumplió lo dicho por el profeta Jeremías: Se oyó una voz en Ramá, llanto y gemido sin consuelo: es Raquel llorando por sus hijos, y no quiere ser consolada, porque ya no viven.» (Mt 2,16-18)3
Este pasaje cita a Jeremías (Jr 31,15), simbolizando el lamento de Raquel, madre de los israelitas, por la pérdida de sus hijos, prefigurando la tragedia de Belén. Los Santos Inocentes murieron sin conocimiento de su fe, pero su sangre se ofreció por Cristo, configurándolos como víctimas propiciatorias.2,5
La primera lectura de la Misa, tomada de la primera carta de san Juan (1 Jn 1,5-2,2), proclama que Dios es luz y que la sangre de Jesús nos limpia de todo pecado, contrastando la oscuridad del pecado de Herodes con la luz de la inocencia martirizada.6 El salmo responsorial (Sal 124,2-8) evoca la liberación divina de las asechanzas enemigas, como el Señor protegió a los niños de Belén en su martirio.7
