Las manifestaciones a San Juan Diego
En diciembre de 1531, la Bienaventurada Virgen María se apareció en cuatro ocasiones al indígena azteca Juan Diego Cuauhtlatoatzin, canonizado por San Juan Pablo II en 2002. La primera visión tuvo lugar el 9 de diciembre, cuando la Virgen, presentándose como la Madre del verdadero Dios, pidió la construcción de un templo en el Tepeyac, lugar sagrado prehispánico dedicado a la diosa Tonantzin.1
Juan Diego, un humilde convertido al cristianismo, transmitió el mensaje al obispo fray Juan de Zumárraga, quien solicitó una señal. El 12 de diciembre, en la última aparición, la Virgen obró el milagro de las rosas invernales sobre la tilma de Juan Diego, revelando en ella su imagen milagrosa al desplegarlas ante el prelado. Esta imagen de Nuestra Señora de Guadalupe, con rasgos mestizos y símbolos apocalípticos —mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y estrellas en el manto—, se convirtió en el núcleo de la devoción.3,1
El «Evento de Guadalupe», como lo denomina el Episcopado mexicano, marcó el inicio de una evangelización con vitalidad extraordinaria, integrando elementos de la cultura indígena y purificándolos a la luz del Evangelio.1
Testimonios históricos tempranos
Desde 1531-1532, se erigió un primer santuario en el Tepeyac, que perduró noventa años. En 1568, el cronista Bernal Díaz del Castillo, compañero de Cortés, aludió a los milagros diarios en Guadalupe. En 1575, el virrey Enríquez, aunque reticente a la erección de un monasterio, no se opuso a la devoción, y los virreyes realizaban peregrinaciones inaugurales al sitio.3
Procesos eclesiásticos y nacionales se presentaron en Roma en 1663, 1666, 1723 y 1750, atestiguando la tradición constante, tanto oral como escrita, indígena y española.3

