La devoción a San Esteban se remonta a los orígenes mismos de la Iglesia. Según la tradición, su martirio ocurrió poco después de la Pascua de Jesús, en Jerusalén, y su cuerpo fue sepultado por varones piadosos que hicieron gran duelo por él.3 La fiesta litúrgica se instituyó muy tempranamente: antes de finalizar el siglo IV, tanto en Oriente como en Occidente, se conmemoraba el 26 de diciembre. En Siria, las Constituciones Apostólicas (siglo IV) ya lo atestiguan, y en Jerusalén surgió un culto primitivo ligado a la traslación de sus reliquias.2
En el Occidente galicano, misales antiguos como el Missale Gothicum y el Bobbio Missal incluyen la fiesta inmediatamente después de Navidad, junto con las de los santos Andrés, Santiago y Juan.4 Un calendario cartaginés del año 506 confirma esta secuencia: Navidad el 25, San Esteban el 26, San Juan y Santiago el 27, y los Santos Inocentes el 28.5 Esta proximidad no es casual: los primeros mártires siguen al Niño Dios como testigos de la luz que vence las tinieblas, formando un ciclo navideño que une nacimiento y sacrificio.6
La elección del 26 de diciembre carece de explicación precisa en las fuentes antiguas, pero refleja la lógica de un octavario natalicio que integra a los primeros discípulos de Cristo.2 En el siglo V, las reliquias de Esteban fueron descubiertas por el presbítero Luciano en Caphar Gamala, cerca de Jerusalén, y trasladadas a la iglesia del Monte Sión y luego a la basílica de Eudocia fuera de la Puerta de Damasco.3

