Orígenes en la tradición apostólica
La conmemoración de San Juan Evangelista se remonta a los primeros siglos del cristianismo. Según testimonios antiguos, su fiesta se vincula directamente con la de San Esteban protomártir (26 de diciembre), formando parte del ciclo navideño que celebra el nacimiento de Cristo y a sus primeros testigos. El Martirologio Jeronimiano (siglo VI) y el calendario cartaginés registran esta fecha el 27 de diciembre, posiblemente porque Juan fue el único apóstol que no sufrió martirio cruento, muriendo en paz en Éfeso alrededor del año 100.3
San Ireneo y San Policarpo, discípulos de Juan, transmitieron anécdotas sobre su vida, como su huida de los baños por temor a la herejía de Cerinto o su preocupación por un joven convertido en bandido, ilustrando su celo pastoral.2 Estas tradiciones, recogidas por Clemente de Alejandría y San Jerónimo, fundamentan la fiesta como memoria de su doctrina sublime sobre el Verbo encarnado.3
Evolución litúrgica en la Iglesia romana
En Roma, la fiesta se reservó exclusivamente a San Juan a una fecha temprana, separándola de la de Santiago el Mayor, con quien compartía originalmente el día.3 El Sacramentario de Adriano I (siglo VIII) menciona oraciones específicas, y el Liber Sacramentorum Romanæ Ecclesiæ incluye colectas que piden intercesión para imitar su Evangelio.4 Durante la Edad Media, se extendió por Occidente, influida por el Imperio carolingio, y en Oriente se celebra su «dormición» el 26 de septiembre.3,5
El Concilio de Trento y la reforma gregoriana (1582) fijaron su rango como fiesta de primera clase, elevada hoy a memoria obligatoria en el Calendario General Romano, destacando su universalidad en el sanctoral.6

