La devoción a san Lucas se remonta a los primeros siglos del cristianismo, pero su inserción en el calendario litúrgico occidental se consolidó en la Alta Edad Media. En el Sacramentario Gregoriano, enviado desde Roma a Carlomagno alrededor del año 800, la lista de santos era predominantemente romana, lo que motivó a los liturgistas francos a enriquecerla con fiestas universales. Así, se añadió la conmemoración de san Lucas el 18 de octubre, junto a otras como la de san Mateo (21 de septiembre) o san Simón y san Judas (28 de octubre).3
Esta fecha ya aparecía en calendarios antiguos, influenciados por tradiciones orientales donde se veneraban los restos del santo, trasladados de Tebas boeotia a Constantinopla en el siglo IV por orden del emperador Constancio II.4 San Jerónimo, en su De Viris Illustribus, confirma que Lucas fue enterrado en Constantinopla, junto a reliquias de san Andrés, lo que impulsó su culto en Oriente y Occidente.5 Eusebio de Cesarea también lo describe como antioqueno de origen y médico cercano a Pablo y los apóstoles.6
Durante la Edad Media, la fiesta ganó relevancia en el ciclo sanctoral, ocupando un lugar entre las celebraciones apostólicas y martiriales, aunque en periodos como la Cuaresma o Adviento se adaptaba a las características temporales del tiempo litúrgico.7
