La devoción a San Marcos se remonta a los primeros siglos del cristianismo. La tradición patrística lo identifica como el «hijo» mencionado por San Pedro en su Primera Epístola, donde se refiere a la «iglesia hermana en Babilonia» y saluda con «mi hijo Marcos» (1 Pe 5,13). Esta conexión subraya su rol como colaborador cercano del apóstol Pedro, de quien habría recibido el Evangelio oralmente para redactarlo.2,1
La fijación de la fiesta el 25 de abril es atestiguada en las Iglesias latina y griega desde la antigüedad. San Jerónimo, en su De Viris Illustribus, sitúa la muerte de Marcos en el octavo año del emperador Nerón (alrededor del 62-63 d.C.), aunque fuentes posteriores como Eusebio de Cesarea indican que Aniano le sucedió en la sede de Alejandría ese año, lo que podría implicar una renuncia o partida temporal.1 Tradiciones del siglo IV, como los Hechos de Marcos y el Cronicon Paschale, narran su martirio en Alejandría, donde fue arrastrado por las calles por paganos enfurecidos, otorgándole el palmarés de mártir.1
A lo largo de la historia, la fiesta ha mantenido su lugar en el Martyrologium Romanum. En el Oriente cristiano, se añade una conmemoración de Juan Marcos el 27 de septiembre. La Iglesia Católica, en su calendario universal, la celebra como memoria obligatoria, elevada a fiesta en muchas diócesis por su importancia evangélica.1
