San Miguel, cuyo nombre hebreo significa «¿Quién como Dios?», aparece en las Escrituras como un príncipe celestial de gran autoridad. En el Libro de Daniel, se le describe como «uno de los príncipes principales» que ayuda al pueblo de Dios contra las potencias hostiles, como el príncipe del reino de Persia, y como el «gran príncipe» que surgirá en tiempos de angustia para proteger a los suyos.3,4 Esta figura profética subraya su misión protectora, especialmente en los momentos finales de la historia.
En la Epístola de Judas, se relata cómo el arcángel Miguel contendió con el diablo por el cuerpo de Moisés, sin osar proferir juicio temerario, sino diciendo: «¡Que el Señor te reprenda!».5 Este episodio, inspirado en tradiciones judías antiguas, resalta su humildad y obediencia a Dios en la lucha contra el maligno.1
El pasaje culminante se encuentra en el Apocalipsis, donde Miguel y sus ángeles libran una gran batalla en el cielo contra el dragón, identificando a este como Satanás, el seductor del mundo, a quien arrojan a la tierra junto con sus ángeles.6 Esta visión escatológica conecta la victoria celestial con la salvación de la Iglesia, haciendo de San Miguel el estandarte de la luz en la guerra espiritual.2

