La devoción a San Rafael Arcángel se remonta a los primeros siglos del cristianismo, arraigada en el Libro de Tobías, parte del canon bíblico católico. Rafael, cuyo nombre significa «Dios sana» o «Dios ha curado», se revela como uno de los siete arcángeles que están ante el trono divino (Tob 12,15; cf. Ap 8,2). En la tradición judía postexílica y cristiana primitiva, solo Miguel, Gabriel y Rafael aparecen en las Escrituras canónicas, mientras que otros como Uriel proceden de textos apócrifos.1
La fiesta específica de San Rafael se instituyó en la Iglesia occidental en fechas relativamente tardías comparadas con las de Miguel (29 de septiembre, desde el siglo VI). Según fuentes litúrgicas del siglo XX, se celebraba el 24 de octubre, coincidiendo con el ciclo otoñal del calendario romano. Esta fecha se menciona en el Martirologio Romano y en los breviarios preconciliarios, donde se distingue de la fiesta de los guardianes angélicos (2 de octubre).1,3,2
En el siglo XX, el papa Benedicto XV extendió la celebración de Gabriel y Rafael a toda la Iglesia, pero fue Pío XI quien, en 1921, unificó las fiestas de los tres arcángeles en el 29 de septiembre, elevando su rango a solemnidad. No obstante, el Oficio y la Misa propios de Rafael conservan elementos del 24 de octubre en tradiciones locales y en el Breviario Romano anterior a la reforma de 1969. Hoy, el Directorio sobre la piedad popular y la liturgia (2001) integra a Rafael en la veneración angélica general, destacando su rol en los misterios de la salvación.4
La evolución refleja la progresiva oficialización de la angelología católica: de fiestas locales (como en Córdoba en 1579 para guardianes) a universales, impulsadas por papas como Pablo V y Clemente X.3

