Orígenes y canonización
La devoción a Santo Tomás de Aquino (1225-1274) surgió inmediatamente tras su muerte el 7 de marzo de 1274 en la abadía cisterciense de Fossanova, mientras se dirigía al Concilio de Lyon.1,2 Su cuerpo fue custodiado por los monjes cistercienses durante casi un siglo, y su santidad se evidenció por milagros atribuidos a su intercesión.3 En 1323, el papa Juan XXII lo canonizó, estableciendo su fiesta el 7 de marzo (nonas de marzo), fecha de su óbito, como un día de celebración anual.4
La Iglesia reconoció pronto su doctrina como baluarte contra herejías, como se vio en el Concilio de Trento.4 En el siglo XVI, el papa Pío V elevó su festividad, y Sixto V en 1590 la fijó como duplex (fiesta de primera clase) el 15 de julio en algunos contextos, aunque prevaleció la conmemoración primigenia.5 Un hito clave fue la traslación de sus reliquias el 28 de enero de 1369 desde Fossanova a la iglesia de los Jacobinos en Toulouse, donde reposan hoy, lo que motivó el traslado de la fiesta a esta fecha en el calendario actual.3,1
Evolución litúrgica
Tras las reformas del Concilio Vaticano II, la Fiesta de Santo Tomás de Aquino se estabilizó el 28 de enero, integrándose en el Tiempo Ordinario. Papas como Pío XI en Studiorum Ducem (1923) promovieron su celebración en seminarios con disputas filosóficas y misas votivas, otorgando indulgencias plenarias en iglesias dominicas.6 Pablo VI en 1974, durante el VII centenario de su muerte, y Benedicto XVI en 2010, resaltaron su vigencia en catequesis y homilías.7,2,8
En el Reino de Nápoles, por su origen aquinense, Pío V la declaró fiesta de precepto el 7 de marzo en 1567.4 Hoy, es opcional en muchas diócesis, pero obligatoria en órdenes dominicas y centros educativos católicos.

