El año litúrgico es la unidad principal de los servicios litúrgicos de la Iglesia, subdividido en ciclos o períodos recurrentes que estructuran la oración oficial de la Iglesia1. No es simplemente una serie de fiestas, sino un despliegue del misterio completo de Cristo que impregna la vida de las Iglesias1. Este ciclo anual, que tiene como centro la celebración de la Pascua, junto con los ciclos mensuales, semanales y diarios, se entrelazan para hacer presentes los diversos momentos de la historia de la salvación y hacerlos fructíferos en la vida de los fieles1,2. La celebración del misterio pascual es de suma importancia en el culto cristiano, y su significado se desvela a lo largo de los días, semanas y todo el año litúrgico3.
Históricamente, el aumento de vigilias, fiestas religiosas y sus octavas, así como la introducción gradual de nuevos elementos, llevó a que la atención de los fieles se distrajera de los misterios principales de la redención divina. Por ello, Papas como San Pío X, Juan XXIII y Pío XII realizaron reformas para restaurar la dignidad del domingo como «la fiesta primordial» y la celebración litúrgica de la Cuaresma, así como la vigilia pascual4. Estos pontífices enseñaron que la celebración del año litúrgico «posee un poder sacramental y una eficacia distintiva para fortalecer la vida cristiana»4.

