La tradición de adornar el altar con flores tiene raíces antiguas en la Iglesia, remontándose a los primeros siglos del cristianismo. En los orígenes, el altar era una mesa sencilla, similar a las usadas en las casas romanas, donde se celebraba la Eucaristía. Con el tiempo, se incorporaron elementos decorativos para resaltar su sacralidad, influenciados por las prácticas judías del Templo de Jerusalén, donde las flores y plantas simbolizaban la presencia divina.
Durante la Edad Media, la decoración floral se expandió en las catedrales y basílicas europeas, especialmente en regiones como Italia y Francia, donde las flores silvestres y cultivadas se ofrecían como dones de los fieles. El Cæremoniale Episcoporum, un texto litúrgico del siglo XVII, menciona explícitamente la posibilidad de colocar flores naturales o artificiales entre los candelabros del altar, reconociendo su valor como ornamento apropiado.1 Esta referencia subraya que las flores no eran un mero adorno estético, sino una expresión de la alabanza a Dios, alineada con la tradición patrística que veía en la naturaleza un reflejo de la gloria creadora.
En el Renacimiento y el Barroco, la práctica se enriqueció con vaseras elaboradas y arreglos florales más complejos, como se observa en iglesias como la de Santo Spirito en Florencia, donde los elementos decorativos se integraban en la arquitectura del presbiterio. Sin embargo, la Contrarreforma impulsó una mayor sobriedad para evitar excesos, un principio que perdura en la liturgia actual. En el siglo XIX, con la uniformización de los ritos promovida por el Concilio Vaticano I, se estandarizaron las pautas, condenando cualquier prohibición absoluta de flores o reliquias en el altar como contraria a la pía y aprobada costumbre de la Iglesia.2
