Orígenes en el Concilio de Trento
La Forma Extraordinaria tiene sus raíces en las reformas litúrgicas impulsadas por el Concilio de Trento (1545-1563), que buscó uniformar el culto en la Iglesia latina frente a las divisiones protestantes. El papa Pío V, mediante la constitución apostólica Quo Primum de 1570, promulgó una edición revisada del Missale Romanum, obligatoria para toda la Iglesia latina, salvo ritos con al menos dos siglos de antigüedad.1 Este misal, basado en la tradición romana y en códices antiguos, se convirtió en la base del rito que perduraría durante cuatro siglos, enfatizando la preservación de la lex orandi (regla de oración) en armonía con la lex credendi (regla de fe).2
El Concilio de Trento no solo estandarizó el misal, sino que también encomendó la revisión de otros libros litúrgicos, como el catecismo y el breviario, para combatir errores doctrinales y promover la unidad.3 Esta labor, ejecutada con rigor por eruditos vaticanos, eliminó adiciones medievales y restauró la pureza patrística, consolidando el Rito Romano como expresión universal del catolicismo.
Reformas posteriores hasta el siglo XX
Durante los siglos siguientes, varios pontífices introdujeron ajustes menores al misal tridentino para adaptarlo a las necesidades pastorales, sin alterar su esencia. Por ejemplo, Clemente VIII y Urbano VIII refinaron textos y rubrics en los siglos XVI y XVII, mientras que Pío X, en 1911, reformó el salterio con Divino afflatu para una distribución más equilibrada de los salmos en el Oficio Divino.4 Estas modificaciones mantuvieron la continuidad histórica, incorporando elementos de la tradición romana y de ritos locales en una síntesis armónica.5
En el siglo XX, Pío XII impulsó renovaciones en Mediator Dei (1947), promoviendo la participación activa de los fieles y la sacralidad de la liturgia, con énfasis en la nobleza, sacralidad y universalidad.6,7 Esta encíclica preparó el terreno para el Vaticano II, al tiempo que preservaba el misal de 1570, editado en 1962 por Juan XXIII con leves actualizaciones, como la inclusión de San José en el Canon Romano. Así, el misal de 1962 se erigió como la culminación de una tradición milenaria, enriquecida por la piedad de santos y pueblos.2
Concilio Vaticano II y la forma ordinaria
El Concilio Vaticano II (1962-1965), en su constitución Sacrosanctum Concilium, llamó a una renovación litúrgica para fomentar la participación plena y consciente de los fieles, adaptando los ritos a las circunstancias modernas sin romper con la tradición.8 Pablo VI promulgó en 1969-1970 el nuevo Missale Romanum, que se convirtió en la forma ordinaria del Rito Romano, incorporando lenguas vernáculas, lecturas ampliadas y mayor énfasis en la comunidad.8,9
Aunque el misal de 1962 no fue abrogado explícitamente, su uso se limitó inicialmente por indults como Quattuor Abhinc Annos (1984) y Ecclesia Dei (1988) de Juan Pablo II, respondiendo a fieles apegados a la forma antigua.2,10 Esta dualidad preparó el escenario para la liberalización posterior.

