La dignidad de los fieles laicos proviene de su Bautismo, que los incorpora a Cristo y los hace partícipes de su misión sacerdotal, profética y real1,2. Esta dignidad común a todos los bautizados implica una responsabilidad compartida en la misión de la Iglesia2. El Concilio Vaticano II enfatizó la importancia de los laicos, describiendo su característica distintiva como el carácter secular2,3. Esto significa que los laicos están llamados a santificar el mundo desde dentro, impregnando las realidades temporales con el espíritu del Evangelio4,5.
El Papa Juan Pablo II, en su exhortación apostólica Christifideles Laici, destacó que la misión de los laicos se desarrolla en el corazón del mundo y en el corazón de la Iglesia6. Su campo de acción evangelizadora es vasto y complejo, incluyendo la política, la sociedad, la economía, la cultura, las ciencias, las artes, la vida internacional y los medios de comunicación4. También abarca realidades como el amor humano, la familia, la educación de los hijos y el trabajo profesional4. La presencia activa de laicos inspirados por el Evangelio en estos ámbitos es fundamental para que estas realidades sirvan al Reino de Dios4.
Además de su papel en el mundo, los laicos también pueden ser llamados a colaborar con los pastores en el servicio de la comunidad eclesial, ejerciendo una variedad de ministerios no ordenados según los carismas que el Señor les conceda7. Esta doble dimensión de la vocación laical –en el mundo y en la Iglesia– subraya la necesidad de una formación que les permita vivir una vida integrada, sin una separación entre la vida espiritual y la vida secular8.
