La formación sacerdotal se estructura en cuatro dimensiones interrelacionadas: humana, espiritual, intelectual y pastoral,,. Estas dimensiones buscan un desarrollo integral del candidato.
Formación Humana
La formación humana es fundamental, ya que el sacerdote es un hombre que ha sido llamado a servir a otros hombres. Esta dimensión busca que el candidato viva e interiorice las virtudes sacerdotales, especialmente la simplicidad, la castidad, la prudencia, la paciencia y la obediencia. Es esencial insistir en la madurez afectiva de los candidatos, especialmente para aquellos llamados al celibato. La madurez afectiva implica la capacidad de ofrecer todo el amor y cuidado a Jesucristo y a su Iglesia, con la gracia del Espíritu y la libre respuesta de la voluntad.
La formación humana se completa en la formación espiritual. Las ciencias del comportamiento pueden ser útiles para discernir y fomentar el crecimiento en las virtudes humanas, la capacidad de relaciones interpersonales, el desarrollo afectivo-sexual y la educación en la libertad y la conciencia. Sin embargo, su uso debe estar dentro de los límites de su campo de especialización y no debe sofocar el don divino de la vocación o disminuir el papel del discernimiento vocacional, que es propio de los educadores del seminario.
La castidad juega un papel clave en la formación humana. La madurez afectiva, resultado de una educación en el amor verdadero y responsable, es un factor significativo y decisivo. La educación sexual debe presentar la castidad de una manera que muestre aprecio y amor por ella como una virtud que desarrolla la auténtica madurez de la persona y la capacita para respetar y fomentar el significado nupcial del cuerpo. Este significado nupcial, articulado en la Teología del Cuerpo de San Juan Pablo II, implica que la vida entera del hombre debe ser un don para otro, y en el caso del sacerdote, este don se entrega a la Iglesia.
La formación humana busca la liberación de la alegría, que es fruto de la libertad, y que ayuda a evangelizar y a mantener al sacerdote firme en su compromiso con el celibato casto y la entrega pastoral.
Formación Espiritual
La formación espiritual es el corazón de la vida del seminario y busca la sanación e integración de la formación humana. Enfatiza la necesidad esencial de la celebración regular de los sacramentos, especialmente el Sacramento de la Penitencia, junto con la oración privada y devocional, y las visitas frecuentes con un director espiritual. La vida de castidad, vivida en la formación sacerdotal, debe ser una práctica normal en los años previos y durante el seminario mayor, y debe ser reforzada por los formadores a través de su testimonio de vida y su instrucción.
El seminario debe ser un ambiente donde la confianza impere, permitiendo al seminarista recibir la verdad más fácilmente. En este contexto, el seminarista busca conocer la voluntad de Dios sobre el tipo de paternidad al que está llamado: paternidad espiritual o paternidad biológica. Si el seminarista permite que su director espiritual lo guíe profundamente en la oración, experimentará al Espíritu como sanador. Es crucial que el seminarista relacione sus penas, tristezas, enojos, movimientos eróticos impuros y tentaciones con el misterio de Cristo en la Cruz, para no poner en peligro la recepción del don de la gratitud.
Formación Intelectual
La formación intelectual subraya un estudio profundo de la filosofía y la teología, manteniendo en todo momento la fidelidad a las enseñanzas del Magisterio. Es importante que el programa educativo y el teológico estén en plena armonía, coordinándose con el plan educativo general, ya que la instrucción teológica tiene un profundo impacto en la mentalidad y sensibilidad de los estudiantes.
Los Padres de la Iglesia y los grandes teólogos santos son modelos en esta tarea, ya que conocieron el Misterio a través del amor, por una «cierta connaturalidad», como diría Santo Tomás de Aquino, y tuvieron una intensa experiencia de su vínculo con las Iglesias en las que trabajaron.
Formación Pastoral
La formación pastoral capacita al candidato para aplicar los principios teológicos a la praxis pastoral. Su objetivo es formar a los estudiantes para que sean verdaderos pastores de almas a ejemplo de Jesucristo, Maestro, Sacerdote y Pastor. Los ministros que surgen de una formación sacerdotal que ofrece estos elementos se esforzarán gozosamente por ser fieles al Señor y servir a su grey sin vacilar.