Las Disputationes metaphysicae
La obra filosófica más influyente de Suárez son las Disputationes metaphysicae, publicadas en 1597. El autor quiso reunir en ellas, mediante un método sistemático, el conjunto de las cuestiones propias de la metafísica aristotélica y escolástica.
Suárez explica que la teología sobrenatural parte de la revelación divina, pero emplea también el razonamiento humano. Por este motivo necesita la filosofía primera, que proporciona principios naturales para aclarar y ordenar las cuestiones teológicas. La metafísica, en su planteamiento, no sustituye a la revelación ni pretende demostrar por completo los misterios cristianos; actúa como instrumento racional al servicio de la teología.
El proyecto de las Disputationes pretendía evitar dos inconvenientes. Por un lado, Suárez quería no interrumpir continuamente la exposición teológica con largas cuestiones filosóficas preliminares. Por otro, rechazaba presentar conclusiones teológicas sin explicar los principios metafísicos necesarios para comprenderlas.
La obra trata cuestiones como:
- El ser y sus propiedades.
- Las causas.
- La esencia y la existencia.
- La sustancia y los accidentes.
- La materia y la forma.
- La creación.
- La causalidad divina.
- La persona y la subsistencia.
- La posibilidad y la potencia.
- La relación entre Dios y el orden creado.
Esencia y existencia
Suárez analiza la relación entre esencia y existencia evitando identificar la existencia con una causa física independiente. Según su explicación, la existencia constituye la esencia en acto, pero no actúa como una causa separada que produzca por sí misma los efectos de la forma o de la materia.
La existencia puede entenderse como modo de ser o como condición metafísica que permite a una esencia encontrarse en estado actual. La causalidad física pertenece a las realidades concretas que existen, no a conceptos metafísicos considerados de manera abstracta. Por ello, Suárez distingue entre el modo en que la inteligencia concibe la existencia y el modo en que las cosas ejercen realmente su causalidad.
Esta doctrina contribuyó a convertir las Disputationes metaphysicae en una obra independiente, no limitada al comentario de un texto aristotélico. El tratado presenta la metafísica como una disciplina organizada alrededor del ente, sus causas y sus principios fundamentales.
Sustancia, persona y subsistencia
Suárez estudió también la subsistencia, noción especialmente relevante para la teología trinitaria y cristológica. La subsistencia no constituye una forma física recibida en otro sujeto; más bien actúa como principio metafísico que determina y completa un supuesto o realidad subsistente.
En su análisis, la subsistencia termina la naturaleza y constituye el supuesto concreto. Suárez distingue esta causalidad metafísica de una causalidad física propiamente dicha: la subsistencia no informa otra realidad como lo hace una forma sustancial, aunque desempeña una función decisiva en la constitución del sujeto subsistente.
Esta distinción permitió a Suárez tratar con precisión cuestiones relacionadas con:
- La naturaleza y la persona.
- La unión hipostática de Cristo.
- La relación entre alma y cuerpo.
- La atribución de las acciones al sujeto.
- La diferencia entre naturaleza completa y supuesto subsistente.
Potencia natural y potencia obediencial
Suárez desarrolló una doctrina de la potencia obediencial, es decir, la capacidad que posee una criatura para recibir de Dios un acto sobrenatural que supera las fuerzas de las causas naturales.
El ejemplo principal corresponde a la capacidad del alma para recibir la gracia y del entendimiento para recibir la luz de la gloria. Esta capacidad no consiste en una simple ausencia de contradicción, sino en una aptitud real fundada en la entidad de la criatura.
La potencia obediencial no añade una realidad independiente a la naturaleza. Suárez la entiende como una capacidad pasiva real del sujeto, pero insiste en que el acto sobrenatural no procede de las fuerzas naturales ni constituye algo debido a la criatura por naturaleza. Por eso, la capacidad puede llamarse natural en cuanto pertenece al sujeto, pero obediencial en relación con el acto sobrenatural y con Dios, que lo produce.
En otra cuestión, Suárez explica que las cualidades sobrenaturales recibidas por un sujeto, como la gracia, no deben entenderse como realidades creadas o producidas al margen del sujeto. La gracia depende del alma en su recepción y en su existencia, aunque proceda de una acción divina sobrenatural.
Causalidad divina y milagro
Suárez sostiene que Dios posee poder suficiente para producir directamente los efectos que ordinariamente realiza mediante las causas segundas. El orden natural depende de la libertad y del dominio de Dios, no al contrario.
Desde esta perspectiva, Dios puede modificar el orden de las causas naturales o producir un efecto sin recurrir a las causas ordinarias. Suárez vincula esta posibilidad con la omnipotencia divina y con la libertad absoluta de Dios.
La doctrina no elimina la consistencia del mundo creado. Las causas naturales actúan verdaderamente, pero su eficacia permanece subordinada a Dios, causa primera. El milagro manifiesta precisamente que Dios no está sometido al orden natural, aunque normalmente gobierne la creación mediante causas segundas.