Luigi Giussani, sacerdote milanés y educador, inició en 1954 la experiencia que daría lugar a Comunión y Liberación. Juan Pablo II describió la Fraternidad como el fruto maduro del movimiento. El recorrido comenzó en Milán, se extendió primero por Lombardía y después por Italia, hasta alcanzar otros países y continentes.1,2,3
La propuesta de Giussani arraigó especialmente entre jóvenes estudiantes. Su actividad evangelizadora combinaba la presentación de la fe, el diálogo y el testimonio personal. Juan Pablo II relacionó el nacimiento y desarrollo del movimiento con la iniciativa pastoral de Giussani y con la participación de quienes se incorporaron a lo largo de los años.4
En 1982, el Consejo Pontificio para los Laicos reconoció la Fraternidad como asociación de fieles de derecho pontificio. Juan Pablo II recordó este reconocimiento en el vigésimo aniversario, celebrado en 2002.1
La Fraternidad forma parte de una realidad más amplia: el movimiento de Comunión y Liberación. Por ello, no conviene identificar sin matices ambas denominaciones. La Fraternidad constituye, en palabras de Juan Pablo II, el fruto maduro del movimiento, mientras que Comunión y Liberación designa la experiencia eclesial en su conjunto.1

