Las fraternidades laicales, a menudo conocidas también como confraternidades o Pías Uniones, constituyen una de las formas más antiguas de asociación de laicos en la Iglesia1,2. Su presencia se remonta a siglos atrás, y han desempeñado un papel crucial, especialmente en el ámbito de la asistencia al prójimo. Por ejemplo, las confraternidades que llevan el nombre de «Misericordias» son un claro ejemplo de este compromiso histórico con la caridad y la solidaridad1. En épocas donde no existía la asistencia pública, estas asociaciones suplieron una necesidad vital, actuando como «buenos samaritanos» y demostrando la caridad inherente a la Iglesia1.
A lo largo del tiempo, estas agrupaciones han evolucionado, adaptándose a las necesidades de cada época. El Concilio Vaticano II reconoció y valoró el estado de vida religiosa laical, animando a sus miembros a adecuar su vida a las exigencias contemporáneas3. En la actualidad, junto a las antiguas fraternidades y terceras órdenes (como las franciscanas, dominicas y carmelitas), han surgido nuevas formas de agrupaciones, comunidades y movimientos laicales, todos con el objetivo fundamental de incrementar la vida cristiana y cooperar en la misión de la Iglesia4,2.
