La palabra fraternidad procede del latín fraternitas, «hermandad». En el lenguaje cristiano expresa una comunidad de personas unidas por la misma fe, la caridad y una finalidad espiritual compartida.
La fraternidad laical no constituye un estado de vida distinto del laicado. Sus miembros continúan viviendo en el mundo, desempeñando sus responsabilidades familiares, profesionales y sociales, pero participan en un camino comunitario de formación, oración y apostolado. Algunas fraternidades nacen alrededor de una devoción concreta; otras reciben la inspiración de un carisma religioso o de una experiencia eclesial más reciente.
La tradición católica ha reconocido desde antiguo el valor de estas agrupaciones. Las asociaciones de fieles han contribuido al culto cristiano, a las obras de misericordia, a la educación religiosa, a la ayuda mutua y a la evangelización. León XIII recordaba que las asociaciones católicas, aunque presenten formas modernas, hunden sus raíces en la vida de las primeras comunidades cristianas y han promovido tanto el culto como las obras espirituales y corporales de misericordia.1

