La fraternidad sacerdotal no es solo una relación de amistad ni una asociación voluntaria. Su fundamento más profundo radica en el sacramento del orden: la ordenación incorpora a cada presbítero a una comunión sacerdotal que lo vincula con los demás presbíteros y con el obispo. Esta unidad pertenece a la naturaleza del ministerio, no es un elemento añadido por conveniencia organizativa.1,2
La gracia del orden eleva y sostiene los vínculos humanos de afecto y amistad entre los sacerdotes. Por eso, la fraternidad puede adoptar expresiones diversas -desde la convivencia hasta la ayuda espiritual o material- sin reducirse a una relación meramente funcional. No excluye a ningún sacerdote y presta una atención particular a quienes necesitan mayor apoyo y aliento.2,3


