El antependio cubre el frente del altar, desde la parte inferior de la mesa -llamada mensa- hasta el escalón o plataforma inferior, y de un extremo lateral al otro. En su forma tradicional, no es una pequeña franja decorativa, sino una pieza destinada a revestir de manera amplia y continua la cara frontal del altar. La descripción histórica del objeto también contempla que la parte posterior del altar quede cubierta cuando resulta visible para los fieles.1
Su función principal es ornamental. El frontal realza el altar, lo integra en la decoración del presbiterio y puede expresar, mediante sus materiales e imágenes, el carácter de una celebración o la dedicación del altar. No forma parte de la mesa litúrgica sobre la que se celebra la misa: por ello debe distinguirse de los manteles de altar, que cubren la superficie horizontal de la mensa.1,2
El frontal tampoco debe confundirse con el retablo, que se levanta tras el altar, ni con el dosel o dorsal, una decoración situada en la parte posterior. Aunque los tres elementos pueden formar parte de un mismo conjunto artístico, ocupan lugares distintos: el antependio reviste el frente; el retablo se eleva detrás; y el dosel sirve de fondo o marco al altar.3

