La enumeración tradicional procede de la forma latina de Gálatas 5,22-23 transmitida por la Vulgata y asumida por el Catecismo de la Iglesia Católica. La lista incluye doce nombres.,
Caridad
La caridad es el amor sobrenatural a Dios sobre todas las cosas y al prójimo por amor de Dios. Ocupa el primer lugar porque constituye la raíz de toda vida cristiana auténtica. El Espíritu Santo derrama el amor de Dios en el corazón y, mediante la caridad, ordena los demás afectos y acciones hacia su verdadero fin.,
La caridad no consiste solo en una emoción religiosa. Incluye la entrega de la voluntad, la búsqueda del bien del prójimo y la unión con Dios. Los demás frutos adquieren su sentido pleno cuando brotan de este amor.
Alegría
La alegría nace de la posesión espiritual del bien amado. Quien ama a Dios empieza a participar ya en esta vida de la felicidad que procede de Él. La alegría cristiana no exige una ausencia completa de sufrimiento, pues puede coexistir con la tribulación, el sacrificio y la esperanza de la vida eterna.
Su fundamento no reside en el éxito, la comodidad o el reconocimiento social, sino en la comunión con Dios y en la certeza de que el amor divino sostiene la existencia.
Paz
La paz expresa la ordenación interior de la persona y su reconciliación con Dios. También implica la armonía con el prójimo y la capacidad de mantener el bien fundamental incluso cuando aparecen dificultades. Santo Tomás relaciona la paz con la posesión suficiente del bien amado y con la estabilidad que impide que los obstáculos destruyan la alegría espiritual.
La paz cristiana no equivale a simple tranquilidad psicológica. Puede permanecer en medio del conflicto exterior porque arraiga en una relación ordenada con Dios.
Paciencia
La paciencia permite soportar las dificultades y los sufrimientos sin abandonar el bien. No significa pasividad ante la injusticia ni indiferencia frente al mal. Implica perseverancia, fortaleza interior y capacidad para sufrir sin que la aflicción destruya la esperanza.
En la tradición tomista, la paciencia vence los dolores y contrariedades que podrían quebrar la constancia del espíritu.
Afabilidad
La afabilidad, llamada también benignidad en algunas traducciones, inclina a tratar a los demás con benevolencia, respeto y cordialidad. Hace visible la caridad en el modo de hablar, escuchar y responder.
Este fruto evita la dureza innecesaria, la agresividad y la sospecha sistemática. No exige aprobar toda conducta, pero sí corregir y juzgar sin desprecio hacia la persona.
Bondad
La bondad designa la disposición estable a querer y realizar el bien. Incluye la generosidad del corazón, la rectitud de intención y la preocupación efectiva por el bien ajeno.
Santo Tomás vincula este fruto con la dulzura del espíritu: la persona buena no solo posee una disposición interior recta, sino que comunica a los demás un bien que resulta acogedor y fecundo.
Generosidad
La generosidad, denominada también longanimidad o beneficencia en distintas tradiciones de traducción, impulsa a comunicar los propios bienes y a perseverar en la realización del bien.
La tradición escolástica distingue en este ámbito la bondad como disposición interior y la beneficencia como su orientación efectiva hacia los demás. La generosidad convierte el amor en don concreto de tiempo, capacidades, bienes materiales y servicio.
Mansedumbre
La mansedumbre modera la ira y permite responder al mal sin dejarse dominar por la violencia interior. No equivale a cobardía ni a falta de firmeza. Una persona mansa puede defender la verdad y la justicia, pero evita que la indignación se transforme en odio o deseo de venganza.
Santo Tomás relaciona la mansedumbre con la capacidad de no dejarse perturbar por quien intenta causar daño.
Fidelidad
La fidelidad mantiene la palabra dada y persevera en la relación con Dios y con los demás. Incluye lealtad, constancia y fiabilidad.
En la vida cristiana, la fidelidad refleja la confianza en Dios y la estabilidad de quien no abandona sus compromisos por conveniencia pasajera. También sostiene la vida familiar, la amistad, la vocación y el servicio eclesial.
Modestia
La modestia ordena la conducta externa, la presentación personal y el uso de los bienes conforme a la dignidad de la persona y a las exigencias de la caridad. Ayuda a evitar la ostentación, la vanidad y la búsqueda desordenada de aprobación.
La tradición tomista relaciona la modestia con la moderación de los deseos vinculados a los bienes exteriores, los honores y las apariencias.
Dominio de sí
El dominio de sí, llamado también continencia o templanza en algunas traducciones, permite ordenar los deseos y las pasiones según la razón iluminada por la fe. No elimina las tendencias humanas, sino que las integra en el bien de la persona.
Santo Tomás distingue entre la continencia, que impide que los deseos dominen la voluntad, y la castidad, que ordena positivamente la sexualidad conforme a la dignidad del amor humano.
Castidad
La castidad integra la sexualidad en la totalidad de la persona y la ordena al amor verdadero. Abarca tanto la pureza del corazón como el respeto por el propio cuerpo y por el cuerpo de los demás.
La castidad no consiste en negar la dimensión sexual de la persona, sino en vivirla con libertad, responsabilidad y caridad, de acuerdo con el estado de vida y la vocación recibida.