Chesterton no puede reducirse a una etiqueta estrecha. Incluso cuando se describen sus polos imaginativos (lo dionisíaco y lo apolíneo, por ejemplo), su perfil real aparece más complejo: como hombre y como autor, su grandeza no se deja «pigeonhole» en categorías simples. Esa amplitud se refleja también en el modo en que, ya instalado en el catolicismo, defiende una capacidad real del hombre —no de la élite técnica— para conocer con seguridad al menos «algo» verdadero. El propio Chesterton vincula este descubrimiento con la idea de la «conclusión del sentido común».1
En clave católica, su lectura del mundo se apoya en el convencimiento de que el entendimiento humano está hecho para más que una suma de probabilidades lógicas conectadas: el pensamiento humano se orienta a la verdad y, por tanto, a una inteligibilidad capaz de iluminar la vida diaria. Este giro, según se ha descrito, se consolida por su adhesión al Magisterio y por una práctica creyente prolongada.4

