El término galicanismo designa un conjunto de posiciones, no una doctrina única y uniforme. Sus partidarios defendían las llamadas libertades de la Iglesia galicana: derechos y costumbres que, a su juicio, protegían la autonomía de la Iglesia de Francia frente a Roma y preservaban las competencias de los obispos y del rey. El galicanismo solía contrastarse con las posiciones ultramontanas, que subrayaban la autoridad del papa y la dependencia de las Iglesias locales respecto de la Santa Sede.1
Muchos galicanistas no negaban expresamente el primado del papa ni presentaban sus opiniones como artículos de fe. Consideraban que sus propuestas constituían una interpretación teológica admisible de la Escritura y la tradición, aunque restringían el modo y el alcance en que debía ejercerse la autoridad pontificia. Esta combinación de reconocimiento formal del primado y limitación práctica de sus efectos explica parte de las controversias que suscitó la corriente.1
El galicanismo tampoco debe confundirse con el rito galicano. Este último fue una tradición litúrgica propia de la Galia, utilizada durante los primeros siglos de la historia cristiana occidental hasta aproximadamente mediados o finales del siglo VIII. La coincidencia del adjetivo galicano no convierte la tradición litúrgica en una manifestación de las ideas sobre la autoridad papal.2



