El tercer capítulo presenta las bienaventuranzas como el rostro concreto de la santidad cristiana. Jesús llama felices o bienaventurados a quienes viven según el Reino de Dios, aunque su forma de vida contradiga los criterios dominantes del mundo.
La exhortación identifica «feliz» o «bienaventurado» con «santo». La verdadera felicidad pertenece a quienes permanecen fieles a Dios y a su palabra mediante la entrega de la propia vida.
La pobreza de espíritu
La pobreza de espíritu implica reconocer que la persona no puede bastarse a sí misma. El pobre ante Dios recibe la vida como don, evita la autosuficiencia y mantiene un corazón abierto a los demás.
Esta pobreza también exige libertad frente al dinero, el prestigio y la posesión. No consiste solamente en carecer de bienes materiales, sino en no convertirlos en el fundamento último de la seguridad personal.
La mansedumbre
La mansedumbre no equivale a cobardía, indiferencia o falta de firmeza. Representa la capacidad de responder al mal sin dejarse dominar por la violencia interior, la agresividad o el deseo de venganza.
Francisco relaciona la mansedumbre con el fruto del Espíritu Santo. Incluso al corregir a otra persona o defender la fe, el cristiano debe actuar con humildad, recordando que también puede caer en la tentación. La exhortación aplica esta actitud incluso al trato con los enemigos.
El hambre y sed de justicia
La santidad incluye el deseo de que la verdad, la dignidad humana y el bien común ocupen el centro de la vida social. El discípulo de Cristo no puede permanecer indiferente ante la injusticia, la explotación, la exclusión o la humillación de los débiles.
La justicia cristiana no se reduce al castigo del culpable. Busca restaurar la dignidad, sanar las relaciones y construir una convivencia fundada en la verdad y la caridad.
La misericordia
La misericordia expresa el corazón de Dios y exige una respuesta concreta ante la fragilidad ajena. El santo no contempla el sufrimiento desde la distancia, sino que se acerca, acompaña, perdona y ayuda.
La misericordia también reclama reconocer la propia necesidad de perdón. Quien se sabe sostenido por la compasión divina evita situarse por encima de los demás.
La pureza de corazón
La pureza de corazón unifica la vida interior. Permite mirar a las personas y las circunstancias sin manipulación, cinismo ni doblez. No consiste únicamente en la rectitud sexual, aunque también la incluye, sino en una orientación íntegra de los deseos, pensamientos y decisiones hacia Dios y el bien.
La construcción de la paz
El pacificador no se limita a evitar conflictos. Trabaja activamente para reconciliar, escuchar, sanar heridas y crear vínculos. La paz cristiana no se funda en ocultar la verdad ni en aceptar la injusticia, sino en unir verdad, justicia y caridad.