La terapia génica comprende las técnicas destinadas a tratar enfermedades mediante la introducción, eliminación o modificación de material genético. La Iglesia distingue dos modalidades fundamentales: la terapia sobre células somáticas y la terapia sobre células germinales.
Terapia génica somática
Las células somáticas son las células del organismo que no participan directamente en la reproducción. Una modificación realizada sobre ellas afecta al paciente tratado, pero no pasa normalmente a su descendencia.
La terapia génica somática pretende corregir o reducir defectos genéticos en tejidos u órganos concretos. Puede dirigirse a una persona adulta, a un niño o, en determinadas circunstancias, a un feto antes del nacimiento.
La Dignitas personae considera moralmente lícitas en principio las intervenciones sobre células somáticas cuando cumplen una finalidad estrictamente terapéutica. Estas intervenciones buscan restaurar la configuración genética normal del paciente o reparar los daños causados por anomalías genéticas u otras enfermedades.
La licitud no es automática. La intervención debe respetar varias condiciones:
- Debe perseguir la curación o alivio de una enfermedad real.
- Los riesgos previsibles no pueden resultar excesivos o desproporcionados respecto de la gravedad de la patología.
- Debe proteger la salud y la integridad física del paciente.
- Requiere el consentimiento informado del paciente o de su representante legítimo.
- Debe evitar daños injustificados a otras personas, especialmente cuando interviene un embrión o un feto.
La Congregación para la Doctrina de la Fe exige que, antes de proceder, exista una relación proporcionada entre los riesgos de la intervención y el beneficio terapéutico esperado.
Terapia génica germinal
Las células germinales son las células relacionadas con la reproducción, como los óvulos, los espermatozoides y sus células precursoras. Una modificación realizada en ellas puede transmitirse a los descendientes.
La terapia génica germinal pretende corregir una alteración genética no sólo en el paciente inicial, sino también en sus posibles hijos. Esta transmisión introduce una responsabilidad moral especial, porque las generaciones futuras no pueden consentir la intervención ni prever sus consecuencias.
La Iglesia considera actualmente ilícita toda forma de terapia génica germinal. La razón principal reside en que los riesgos de la manipulación genética siguen siendo considerables y no plenamente controlables; por ello, no resulta moralmente admisible exponer a la descendencia a posibles daños.
La intervención germinal plantea además otros problemas:
- Afecta a personas futuras que no han dado su consentimiento.
- Puede producir alteraciones imprevisibles en varias generaciones.
- Puede transmitir errores junto con la modificación pretendidamente terapéutica.
- Puede exigir la producción, selección o destrucción de embriones.
- Puede favorecer criterios de selección de seres humanos según sus características genéticas.
La prohibición no nace de una oposición general a la medicina genética, sino de la obligación de proteger al paciente y a sus descendientes frente a riesgos graves, desproporcionados e irreversibles.