El deseo de tener un hijo
El deseo de ser padre o madre pertenece a una dimensión profundamente humana. La esterilidad puede causar sufrimiento, frustración y una sensación de pérdida. La Iglesia reconoce que el anhelo de tener un hijo puede expresar el amor conyugal y la voluntad generosa de acoger una nueva vida.,
La bondad de ese deseo, sin embargo, no basta para justificar cualquier medio. Una intención subjetivamente buena no convierte automáticamente en moralmente recto el procedimiento elegido. La acción debe respetar simultáneamente la dignidad de los esposos, la integridad de la procreación y los derechos del niño.
No existe un derecho a obtener un hijo
La Iglesia rechaza la transformación del deseo de paternidad en un supuesto derecho al hijo. Los adultos pueden tener derechos y deberes respecto de los niños que reciben y educan, pero nadie puede reclamar la existencia de otra persona como si esta fuera una prestación debida.
El Compendio de la doctrina social de la Iglesia enseña que el deseo de ser padre o madre no justifica ningún «derecho a los hijos» y que los derechos del niño, especialmente los del niño no nacido, poseen prioridad moral.
La diferencia entre ambas expresiones resulta decisiva:
- El deseo de un hijo reconoce que la vida humana constituye un don que debe acogerse con amor.
- El derecho al hijo convierte al niño en el objeto de una pretensión adulta.
- La responsabilidad parental coloca a los padres al servicio del bien del hijo.
- La producción por encargo subordina al niño a un proyecto previamente diseñado por otras personas.
Nadie puede tener derecho a que exista una persona concreta, porque la existencia humana no pertenece a quien la desea. El niño posee valor en sí mismo, no por satisfacer las aspiraciones de quienes lo esperan.
La antropología cristiana del don
La antropología cristiana entiende la procreación como cooperación responsable con Dios, no como fabricación técnica de un individuo. El matrimonio constituye, para la doctrina católica, una comunión de vida y amor ordenada al bien de los esposos y a la acogida de los hijos que Dios quiera confiarles.
La vida humana aparece así como un don, no como un objeto producido mediante una cadena de decisiones técnicas y contractuales. Los padres están llamados a preparar las condiciones humanas y familiares para acoger una nueva vida, pero no pueden disponer de ella como si fuera una cosa fabricada conforme a sus especificaciones.
La Pontificia Academia para la Vida explicó que un deseo legítimo de tener un hijo nunca puede convertirse en un derecho a obtenerlo «a toda costa». Si alguien reclamara la existencia de otra persona como objeto de un derecho, colocaría a esa persona en un nivel inferior al de quien formula la reclamación.