Antiguo Testamento
El Antiguo Testamento presenta progresivamente la esperanza de la vida junto a Dios y de la resurrección futura. Los textos más antiguos expresan esta esperanza de forma todavía velada, mientras que los libros posteriores ofrecen una formulación más clara.
El salmista afirma: «Después me recibirás en la gloria» (Sal 73,24). Otro salmo proclama que Dios rescatará la vida del justo del poder del abismo (Sal 49,16). La esperanza de Job alcanza una formulación especialmente intensa cuando confiesa su certeza de que su Redentor vive y de que verá a Dios (Job 19,25-27). La Comisión Bíblica Pontificia relaciona estos textos con la esperanza de una participación en la gloria divina después de la muerte.
El libro de Daniel anuncia la resurrección universal y distingue entre destinos eternos: «Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra despertarán: unos para vida eterna, otros para ignominia perpetua» (Dn 12,2). El mismo capítulo compara la glorificación de los sabios fieles con el resplandor de las estrellas (Dn 12,3).
El Segundo libro de los Macabeos testimonia la esperanza de la resurrección corporal. Uno de los mártires declara que espera recibir de Dios los miembros entregados por fidelidad a la Ley (2 Mac 7,9-14). Este libro también vincula la fidelidad martirial con la esperanza de la vida eterna.
Isaías anuncia que Dios destruirá la muerte para siempre (Is 25,8) y proclama: «Tus muertos vivirán, sus cadáveres resucitarán» (Is 26,19). Estos textos preparan la revelación neotestamentaria sobre la resurrección de Cristo y la futura resurrección de los justos.
Nuevo Testamento
Jesucristo presenta la vida eterna como la comunión definitiva con Dios y como el cumplimiento de las promesas del Reino. En las bienaventuranzas afirma: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8). La visión de Dios no constituye una simple metáfora moral, sino la promesa de una relación inmediata y transformadora con Él.
Cristo también habla de entrar en la alegría del Señor (Mt 25,21.23), de recibir el Reino preparado desde la creación del mundo (Mt 25,34) y de descansar en Dios. El Evangelio de san Juan relaciona la vida eterna con conocer al Padre y a Jesucristo, enviado por Él (Jn 17,3).
San Pablo enseña que la gloria futura supera cualquier sufrimiento presente: «Los padecimientos del tiempo presente no pueden compararse con la gloria futura que se nos va a revelar» (Rom 8,18). La participación en esa gloria incluye la liberación de la creación y la manifestación plena de los hijos de Dios (Rom 8,19-23).
La Primera carta a los Corintios describe la transformación corporal con cuatro contrastes: corrupción e incorrupción, deshonra y gloria, debilidad y poder, cuerpo animal y cuerpo espiritual (1 Cor 15,42-44). La expresión «cuerpo espiritual» no significa un cuerpo sin materia, sino un cuerpo plenamente vivificado y gobernado por el Espíritu Santo.