El Gloria es una gran doxología, también conocida como hymnus angelicus (himno angélico), que tiene sus raíces en una forma griega muy antigua1,2. Comienza con las palabras que los ángeles cantaron en el momento del nacimiento de Cristo en Belén: «Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad» (Lucas 2:14)3,1,4. Desde el siglo II, se añadieron a estas palabras angélicas aclamaciones como «Te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos, te damos gracias por tu inmensa gloria», y posteriormente, otras invocaciones como «Señor Dios, Cordero de Dios, Hijo del Padre, que quitas el pecado del mundo…»4.
Una forma ligeramente diferente de este himno se encuentra en las «Constituciones Apostólicas» del siglo III, y una versión muy similar aparece en el Codex Alexandrinus del siglo V1,5. La tradición atribuye la traducción al latín a San Hilario de Poitiers (fallecido en 366), quien pudo haberla aprendido durante su exilio en Oriente1.
Introducción en la Liturgia Romana
La introducción del Gloria en la liturgia romana se desarrolló gradualmente:
El Liber Pontificalis menciona que el Papa Telesforo (c. 128-139) ordenó que el Gloria in excelsis Deo se dijera en las Misas nocturnas de Navidad antes del sacrificio1.
Posteriormente, el Papa Símaco (498-514) extendió su uso a todos los domingos y festividades de mártires, aunque inicialmente solo para los obispos1.
El Ordo Romanus I indica que el pontífice comenzaba el Gloria «si el tiempo lo permitía», y los sacerdotes solo podían decirlo en Pascua. El Ordo de San Amando y el Sacramentario Gregoriano confirman esta restricción, permitiendo a los presbíteros recitarlo únicamente en la Vigilia Pascual y el día de su ordenación1.
Con el tiempo, la práctica se generalizó, y el Gloria se consolidó como un himno de alabanza a cada Persona de la Santísima Trinidad1.
