El origen más prominente de la glosolalia en la tradición cristiana se encuentra en el libro de los Hechos de los Apóstoles, en el evento de Pentecostés1. En este día, los apóstoles y otros discípulos estaban reunidos cuando «de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, y llenó toda la casa donde estaban sentados. Y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen»1.
Este evento fue extraordinario porque la multitud presente en Jerusalén, compuesta por judíos devotos de «todas las naciones debajo del cielo», escuchó a los apóstoles hablar en sus propias lenguas nativas acerca de las «maravillas de Dios»2,1. Entre los oyentes había partos, medos, elamitas, mesopotamios, y habitantes de Judea, Capadocia, Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto, Libia, y visitantes de Roma, tanto judíos como prosélitos, cretenses y árabes1,3. Este fenómeno, conocido como glosolalia o don de lenguas, superó las barreras lingüísticas, permitiendo que el mensaje misionero se difundiera eficazmente2.
San Juan Crisóstomo señala que este don no solo se manifestó en los doce apóstoles, sino en los ciento veinte discípulos, citando al profeta Joel: «Derramaré de mi Espíritu sobre toda carne; y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán, vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños»4,5. El suceso de Pentecostés fue la confirmación de las profecías de Cristo sobre la venida del Paráclito, quien convencería al mundo acerca del pecado y daría poder a los apóstoles para ser sus testigos «hasta los confines de la tierra»6.
