En el Nuevo Testamento, la alegría forma parte de la buena noticia de la salvación. Su origen no reside solo en el bienestar humano, sino en la acción de Dios, que reconcilia, da esperanza y ofrece su propia vida. El gozo cristiano nace, por tanto, de la relación con Dios y de la confianza en su obra salvadora.3,4
La expresión «gozo en el Espíritu» señala tanto la fuente como el ámbito de esta alegría: el Espíritu Santo la suscita en la persona y la Iglesia, y la orienta hacia Dios. Pablo incluye la alegría entre los frutos del Espíritu, junto al amor y la paz. Así, no describe una recompensa autónoma ni un sentimiento que el cristiano produzca por sus propias fuerzas, sino un efecto de la vida nueva que el Espíritu hace crecer en él.2,1
Pablo VI relaciona el gozo espiritual con la presencia de Dios en el alma. El Espíritu hace posible la oración filial y conduce a la persona a encontrar reposo y satisfacción profunda en el Dios trino, conocido por la fe y amado mediante la caridad. Esta alegría informa la vida cristiana y puede transformar también los gozos humanos ordinarios, sin hacerlos desaparecer.1


