Justificación y remisión del pecado
La gracia habitual es el principio interior de la justificación. La justificación comprende el paso del estado de pecado al estado de gracia, la remisión de los pecados y la renovación del hombre interior. La doctrina católica rechaza la idea de que la justicia de Cristo se limite a una imputación externa que deje intacto al pecador.
La gracia santificante borra el pecado mortal y restablece la amistad con Dios. El pecado no constituye solamente una infracción legal; rompe la comunión sobrenatural y priva al alma de la vida de la gracia. La justificación restaura esa comunión mediante una acción gratuita de Dios que reclama también la respuesta libre del ser humano.
Filiación divina
La gracia hace al ser humano hijo adoptivo de Dios. Esta filiación no equivale a la filiación eterna y natural del Hijo único, Jesucristo, pero participa de ella. El cristiano vive como hijo «en el Hijo», por la acción del Espíritu Santo, y queda introducido en una relación nueva con el Padre.
La gracia puede definirse, desde esta perspectiva, como la participación del ser humano, en el Espíritu Santo, en la relación filial que Jesucristo mantiene con el Padre. La vida cristiana no consiste únicamente en cumplir preceptos, sino en vivir desde una relación filial recibida como don.
Amistad con Dios
La gracia santificante establece una amistad verdadera entre Dios y el ser humano. Esta amistad no representa una simple disposición afectiva o una metáfora piadosa, sino una comunión sobrenatural fundada en la presencia de Dios y en la capacidad que la gracia concede para conocerle y amarle.
La inhabitación divina alcanza su plenitud en el alma justificada. Dios está presente en todas las criaturas al darles y conservarles el ser, pero habita de modo especial en los santos por la gracia, porque ellos pueden conocerle y amarle sobrenaturalmente.
Inhabitación de la Santísima Trinidad
La gracia habitual está inseparablemente vinculada a la inhabitación trinitaria. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo están presentes en el alma del justo de una manera nueva, no solo por la presencia común con la que Dios sostiene toda la creación, sino por la comunión sobrenatural que la gracia establece.
La gracia creada y la presencia divina no deben entenderse como realidades rivales. La gracia creada transforma el alma; la gracia increada designa la presencia y autocomunicación de Dios. La primera existe por la segunda y conduce a ella.
Capacidad para las obras sobrenaturales
La gracia habitual permite realizar actos ordenados a la vida eterna. El ser humano no puede alcanzar por sus propias fuerzas el fin sobrenatural, pero Dios infunde en él un principio interior que lo orienta hacia ese fin y lo capacita para cooperar libremente con la acción divina.
La acción de Dios no elimina la libertad humana. La gracia mueve la voluntad, pero reclama el consentimiento de la persona. La doctrina católica mantiene simultáneamente la primacía absoluta de la iniciativa divina y la responsabilidad real de la criatura. El pelagianismo exageraba las fuerzas humanas; el determinismo negaba la libertad. La fe católica sostiene que la gracia hace posible la respuesta libre y meritoria.