La gracia santificante es un don gratuito que Dios otorga al ser humano, infundido por el Espíritu Santo en el alma para sanarla del pecado y santificarla1,2. No debe confundirse con la gracia actual, que se refiere a las intervenciones divinas transitorias para la conversión o el progreso en la santificación, sino que es un don habitual, una disposición estable y sobrenatural que perfecciona el alma para vivir con Dios y actuar por su amor3.
En su esencia, la gracia santificante es una participación en la naturaleza divina4. No es una cualidad natural del alma, sino un regalo sobrenatural que eleva al ser humano al orden divino5. Esta gracia es el fundamento de la santidad y de la filiación divina, siendo frecuentemente referida simplemente como «gracia» en expresiones como «vivir en gracia» o «caer de la gracia»4.
Los teólogos, como Francisco Suárez, han explicado que la gracia santificante confiere al alma una participación en la espiritualidad divina, que ninguna criatura racional puede penetrar o comprender por sus propias fuerzas. Su función es dotar al alma, de manera sobrenatural, del grado de espiritualidad necesario para concebir a Dios y su espíritu4.
