La gratitud, desde una perspectiva teológica católica, es una virtud que reconoce a Dios como el Dador de todo bien1. Es la conciencia del don recibido por parte de Dios desde el principio de la creación, y al mismo tiempo, la disposición a devolverle el don, entregándose a Él con todo el corazón y con todo lo que se posee2. Esta actitud de agradecimiento es una respuesta a la magnitud del don divino, que ni en el cielo ni en la tierra pudo haber algo mayor3.
El Catecismo de la Iglesia Católica subraya que la gratitud es una característica de la oración de la Iglesia4. Cada alegría y sufrimiento, cada acontecimiento y necesidad, pueden convertirse en motivo de acción de gracias5,6. La oración de acción de gracias participa de la de Cristo, quien siempre está presente en ella6. La Eucaristía, cuyo significado principal es «acción de gracias», es el sacrificio de agradecimiento por excelencia al Padre, una bendición por la cual la Iglesia expresa su gratitud por todos los beneficios divinos, por todo lo que Dios ha logrado a través de la creación, la redención y la santificación7.
La vida terrena de Jesús mismo fue una revelación de esta verdad fundamental: «Todo buen regalo y todo don perfecto viene de lo alto y desciende del Padre de la luz» (Lc 1, 17)2. Al vivir en acción de gracias, Cristo, el «nuevo Adán», venció el pecado concebido en el alma del «primer Adán» bajo la influencia del «padre de la mentira»2.
