Los orígenes de la vestimenta distintiva para los clérigos y religiosos en el cristianismo no se remontan a los sacerdotes del Antiguo Testamento, sino que se desarrollaron a partir de la indumentaria secular del mundo grecorromano1. En los primeros siglos, los eclesiásticos no usaban una vestimenta diferente a la de los laicos. El Papa Celestino I, alrededor del año 428, reprendió a algunos obispos galos por usar atuendos llamativos, estableciendo que el clero debía distinguirse por su conocimiento y conducta, no por su vestimenta2. Sin embargo, ya en el siglo III, los cristianos que seguían una vida de perfección eran conocidos como ascetas o confesores, y para el siglo IV surgieron los ermitaños y monjes3.
La profesión religiosa se realizaba durante mucho tiempo mediante la imposición del hábito, lo que implicaba una obligación de pobreza y castidad, más como una consecuencia natural de una donación o consagración a Dios que de votos formales, los cuales no existían en ese momento3. San Benito, por ejemplo, añadió a estas promesas la de estabilidad y obediencia al superior3.
Con el tiempo, la vestimenta monástica, como el escapulario, se desarrolló a partir de la ropa de trabajo común. El escapulario, que en la Regla de San Benito se denominaba «scapulare propter opera» (escapulario para las obras), era inicialmente una prenda de trabajo o delantal usado por los labradores4. Con el tiempo, se convirtió en una parte fundamental del hábito monástico y un signo distintivo del monje4.
En el siglo XIII, las órdenes mendicantes, y posteriormente los clérigos regulares en el siglo XVI y los miembros de las congregaciones religiosas, adoptaron el hábito3. La primera fórmula que menciona explícitamente los votos de pobreza y castidad fue la de las Constituciones de Narbona de 1260 para los Frailes Menores, y más tarde las constituciones de los Mínimos y clérigos regulares mencionaron los tres votos esenciales de la vida religiosa: pobreza, castidad y obediencia3.
