En los primeros siglos del cristianismo, no existía una vestimenta distintiva para los eclesiásticos. La vestimenta de los clérigos era similar a la de los laicos, y se les distinguía por su erudición y conducta, no por su atuendo3. Sin embargo, con el tiempo, las vestimentas litúrgicas comenzaron a desarrollarse a partir de la ropa civil común de la época. Contrario a la creencia anterior, no se derivan de las vestimentas sacerdotales judías, ya que una comparación superficial revela diferencias fundamentales2.
El desarrollo de las vestimentas litúrgicas fue un proceso largo. Hacia el siglo IX, once prendas ya se consideraban vestimentas litúrgicas: el amito, alba, cíngulo, manípulo, estola, túnica, dalmática, casulla, sandalias, medias pontificales y el palio2. En la época del Papa Inocencio III, el número había aumentado a diecisiete, sin incluir el fanón papal2. La introducción de prendas como el pluvial (capa) y el sobrepelliz surgió del deseo de mayor comodidad2. La doctrina de la Transubstanciación no influyó en el desarrollo de las vestimentas litúrgicas, que en sus partes esenciales ya estaban completas alrededor del año 8002.

