Los seis salmos forman una secuencia de alabanza, memoria, súplica y acción de gracias. El conjunto comienza con una invitación a bendecir el nombre del Señor y termina con una llamada a dar gracias porque Dios es bueno y su amor fiel permanece. Entre esos dos extremos, los poemas recuerdan la liberación de Israel, denuncian la idolatría, narran la salvación de quien sufre e invitan a todas las naciones a alabar a Dios.,
Salmo 113: el Dios excelso que levanta al pobre
El primer salmo proclama que el nombre del Señor merece alabanza desde el amanecer hasta el ocaso. Dios está por encima de las naciones y de los cielos, pero su grandeza no lo aleja de los humildes: levanta al pobre del polvo y al necesitado de la miseria. El poema también celebra la fecundidad y la alegría familiar concedidas a la mujer estéril.
El salmo presenta así una paradoja central de la fe bíblica: el Dios soberano mira hacia abajo y actúa en favor de quienes carecen de poder. La alabanza no se limita a reconocer su majestad; recuerda también su misericordia concreta.
Salmo 114: el éxodo y la creación al servicio de la liberación
El salmo 114 evoca la salida de Israel de Egipto y describe la reacción de la naturaleza ante la presencia de Dios. El mar huye, el Jordán retrocede y las montañas saltan como carneros. La imagen poética convierte el paisaje en testigo de la liberación del pueblo.
El poema concluye recordando que Dios hizo brotar agua de la roca y del pedernal. De este modo, el éxodo aparece no solo como una huida de la opresión, sino como una intervención divina que conduce y sostiene a Israel durante el camino. La referencia a este acontecimiento explica el calificativo de egipcio aplicado al Hallel.,
Salmo 115: confianza en Dios y rechazo de los ídolos
El salmo 115 pide que la gloria no recaiga en el ser humano, sino en el nombre de Dios, por su amor y su fidelidad. Contrapone al Dios vivo, que actúa con libertad, a los ídolos fabricados por manos humanas: tienen boca, ojos, oídos y manos, pero no hablan, ven, oyen ni actúan.
A continuación, el poema exhorta a confiar en el Señor a Israel, a la casa de Aarón y a quienes lo temen. Dios es su ayuda y su escudo; bendice a su pueblo y concede crecimiento a sus familias. El salmo concluye con la promesa de que los fieles bendecirán al Señor desde ahora y para siempre.
Salmo 116: acción de gracias por la salvación
El salmo 116 habla en primera persona. El orante ama al Señor porque ha escuchado su súplica y lo ha librado de la angustia y del peligro de muerte. Tras la liberación, recobra la paz y se pregunta cómo corresponder a los bienes recibidos. Responde con una profesión pública de gratitud, el cumplimiento de sus votos y la ofrenda de un sacrificio de acción de gracias.
La expresión «copa de salvación» acompaña su promesa de invocar el nombre del Señor. El poema une así la oración personal con el culto comunitario: el fiel da gracias ante el pueblo reunido y en los atrios de la casa del Señor, en Jerusalén.
Salmo 117: alabanza de todas las naciones
El salmo 117 es el más breve de la colección. Invita a todas las naciones y pueblos a alabar al Señor, y funda esa llamada universal en dos motivos: su gran amor hacia su pueblo y la fidelidad divina, que permanece para siempre.
La invitación amplía el horizonte del Hallel: la alabanza nace de la historia de Israel, pero no queda reservada a Israel. En su comentario sobre el salmo 118, san Juan Pablo II explicó que la expresión «los que temen al Señor» podía incluir a los fieles y a los prosélitos procedentes de otros pueblos que deseaban seguir la ley del Señor.
Salmo 118: victoria, procesión y acción de gracias
El salmo 118 cierra el Hallel con una llamada a dar gracias al Señor porque es bueno y su amor fiel permanece. La invitación se dirige a Israel, a la casa de Aarón y a quienes temen al Señor. Después, el orante recuerda que clamó desde la angustia y recibió respuesta; por eso declara que el Señor es su fuerza y su salvación.
El poema adopta imágenes de victoria y de procesión. El fiel pide que se abran las puertas de la justicia para entrar y dar gracias; luego proclama que la piedra rechazada por los constructores ha llegado a ser piedra principal. La composición culmina con la bendición de quien viene en nombre del Señor y con la acción de gracias pronunciada en la casa de Dios.
San Juan Pablo II interpretó el salmo como una procesión litúrgica en la que intervienen una voz principal y el coro, con la ciudad santa y el templo como escenario. También explicó que la palabra hebrea hesed, traducida en este contexto como misericordia, expresa la fidelidad generosa de Dios hacia el pueblo de la alianza.