La solemnidad de Todos los Santos honra a los santos «conocidos y desconocidos» y nació en la conciencia eclesial de celebrar a los mártires en fechas próximas al lugar de su testimonio. La Iglesia extendió con el tiempo la conmemoración a un marco común para todos los testigos de la fe, hasta fijar su celebración en el 1 de noviembre y extenderla a toda la Iglesia.4,5
La conmemoración de los fieles difuntos pertenece al mismo clima espiritual: la oración de la Iglesia acompaña a los difuntos y expresa la esperanza cristiana en la resurrección y en la vida eterna. El Directorio sobre la piedad popular y la liturgia propone iluminar la piedad popular con los principios de la fe cristiana: el sentido pascual de la muerte, la inmortalidad del alma, la comunión de los santos, la resurrección de la carne, el juicio de Cristo y la retribución según las obras.1
En la catequesis, la Iglesia invita a aprovechar estos días para reflexionar sobre la vida terrenal y la eternidad, e imitar la fidelidad de los santos al plan divino.6


