La parte central de Haurietis Aquas descansa en la doctrina cristológica de la unión hipostática. Esta expresión significa que las naturalezas humana y divina de Cristo subsisten en la única Persona divina del Verbo. La Iglesia no adora en Jesús a dos personas, ni divide sus acciones entre un sujeto humano y otro divino. El mismo Hijo eterno de Dios posee una verdadera humanidad, un cuerpo real, una inteligencia humana, una voluntad humana y auténticos afectos humanos.
El corazón físico de Jesús
Pío XII afirma que Jesús recibió un cuerpo verdadero y experimentó los afectos propios de la naturaleza humana. Entre esos afectos, el amor ocupa el lugar principal. Por esa razón, Cristo poseía un corazón físico como el de cualquier ser humano, un órgano corporal capaz de expresar la vida afectiva humana.
El corazón corporal de Jesús no constituye un elemento decorativo ni una simple metáfora. Pertenece realmente a la humanidad de Cristo. Ese corazón latió, sufrió y murió unido personalmente al Verbo de Dios. Sus sentimientos humanos no fueron ficticios ni aparentes: Cristo amó con un amor humano verdadero.
La unidad de los amores de Cristo
La encíclica distingue, sin separar, tres dimensiones relacionadas:
- El amor sensible o afectivo, vinculado al corazón corporal.
- El amor espiritual humano, propio de la voluntad humana de Cristo.
- El amor divino del Hijo eterno, común al Padre y al Espíritu Santo.
Estos amores no actúan como realidades rivales. La voluntad humana de Jesús permanece perfectamente ordenada a la voluntad divina, y el amor humano de Cristo manifiesta de modo creado y visible el amor divino del Verbo. Pío XII enseña que entre esas formas de amor existía una unidad completa, sin contradicción ni desarmonía.
La tradición patrística también defendió la realidad de los afectos humanos de Cristo. Pío XII cita, entre otros testimonios, a san Ambrosio, quien explica que el Verbo asumió un alma y las pasiones propias del alma, aunque Dios, en cuanto Dios, no pueda sufrir ni morir.
El Corazón como símbolo del amor infinito
El corazón posee un valor simbólico natural. En el lenguaje humano, el corazón representa la intimidad, la voluntad, el afecto y la capacidad de amar. En Jesús, ese simbolismo alcanza una densidad incomparable porque su corazón humano pertenece a la Persona divina del Verbo.
Pío XII llama al Corazón de Cristo signo y símbolo natural de su amor ilimitado por la humanidad. El corazón no representa un amor abstracto separado de Jesús, sino el amor real del Hijo de Dios hecho hombre, manifestado a través de una humanidad auténtica.
La encíclica establece, no obstante, una precisión teológica decisiva: el Corazón de Jesús no constituye una imagen perfecta y absoluta de la esencia del amor divino. Ninguna realidad creada puede expresar adecuadamente la infinitud de Dios. El culto cristiano honra el Corazón de Cristo como símbolo visible y signo vivo de la caridad divina, no como si un órgano creado pudiera contener o agotar la esencia de Dios.