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Haurietis Aquas

Haurietis Aquas es una encíclica del papa Pío XII, publicada el 15 de mayo de 1956 con el título latino Haurietis Aquas in gaudio, «Sacaréis aguas con gozo». El documento ofrece una fundamentación bíblica, patrística, teológica y litúrgica de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, y precisa que su objeto último no consiste en venerar un órgano corporal aisladamente, sino en adorar el amor humano y divino de Cristo, inseparablemente unido en la Persona del Verbo encarnado.

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreHaurietis Aquas
CategoríaObra
DescripciónConsolida la enseñanza doctrinal del Sagrado Corazón y ofrece un marco teológico para su devoción en la vida litúrgica y espiritual
TítuloHaurietis Aquas in gaudio
AutorPío XII
Contexto históricoPublicado con motivo del centenario (1856) de la extensión de la fiesta del Sagrado Corazón a toda la Iglesia
Fecha de Publicación1956-05-15
TemaDevoción al Sagrado Corazón de Jesús
TipoEncíclica
Enlace oficialHaurietis Aquas

Tabla de contenido

Contexto histórico

Pío XII publicó la encíclica con ocasión del centenario de la extensión de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús a toda la Iglesia universal. El papa Pío IX había establecido esa celebración para el conjunto de la Iglesia católica en 1856, después de recibir peticiones procedentes de numerosos lugares del mundo católico.1

La encíclica apareció en un momento en que la devoción al Sagrado Corazón gozaba de amplia difusión mediante consagraciones, asociaciones, imágenes, prácticas reparadoras y celebraciones litúrgicas. Al mismo tiempo, algunos autores planteaban objeciones acerca de su fundamento bíblico, de la legitimidad de rendir culto a un corazón corporal y de la relación entre una devoción surgida históricamente en ámbitos privados y el culto oficial de la Iglesia.

Pío XII no quiso limitarse a recomendar una práctica piadosa. Su propósito consistió en explicar la naturaleza teológica del culto al Sagrado Corazón, mostrar sus fundamentos en la revelación cristiana y situarlo correctamente dentro de la vida litúrgica y espiritual de la Iglesia. La encíclica anuncia un recorrido por la Sagrada Escritura, la enseñanza de los Padres y Doctores, y la relación entre la devoción al Corazón de Cristo y el culto debido al amor de Dios y de la Santísima Trinidad.2

Título y sentido de la expresión Haurietis Aquas

El título procede de Isaías 12,3: «Sacaréis aguas con gozo de las fuentes del Salvador». Pío XII interpreta esta imagen como una referencia a los dones abundantes que Dios concede en la época cristiana. La fuente aparece vinculada a Cristo, de cuyo misterio brota la gracia salvadora.1

La imagen del agua adquiere una resonancia particular en el Evangelio de san Juan. Del costado traspasado de Jesús manan «sangre y agua» -imagen relacionada con la entrega redentora de Cristo y con la vida sacramental de la Iglesia-, mientras que Jesús promete ríos de agua viva a quienes creen en él. Benedicto XVI relacionó esta imagen con la vocación cristiana a convertirse en fuente de vida para los demás mediante el amor recibido del Redentor.3

El título expresa, por tanto, una doble invitación:

  • Acudir a Cristo, fuente de la salvación y del amor divino.
  • Recibir ese amor para transmitirlo, evitando el repliegue egoísta y entregando la propia vida al servicio de los demás.3

Finalidad de la encíclica

Pío XII pretende que los fieles comprendan con mayor profundidad la verdadera naturaleza de la devoción al Sagrado Corazón y puedan recoger sus frutos espirituales. Para alcanzar ese objetivo, presenta tres líneas principales de argumentación:

  1. La Sagrada Escritura, especialmente los textos que manifiestan el amor de Dios por la humanidad.
  2. La tradición de los Padres y Doctores de la Iglesia, que ayuda a interpretar correctamente la humanidad verdadera de Cristo y sus afectos humanos.
  3. La relación entre la devoción al Corazón de Jesús y el culto al amor divino, tanto en Cristo como en la Santísima Trinidad.2

El documento busca también que la devoción produzca una transformación moral. La contemplación del amor de Cristo debe conducir a la reforma de la conducta, a una entrega más generosa a Dios y a un ejercicio más auténtico de la caridad hacia el prójimo.2

Fundamentación bíblica

La revelación del amor de Dios

La Biblia no presenta una exposición sistemática de la devoción al Sagrado Corazón con la forma que adquirió en la historia de la Iglesia. Pío XII reconoce expresamente que los libros bíblicos no describen directamente un culto particular dirigido al corazón físico del Verbo encarnado como símbolo de su amor.4

Sin embargo, esa ausencia no invalida la devoción. La Escritura proclama continuamente el amor de Dios mediante imágenes, alianzas, promesas, sacrificios, expresiones de misericordia y profecías mesiánicas. Esas imágenes preparan la comprensión del amor divino manifestado plenamente en Jesucristo. El Corazón de Cristo constituye la expresión corporal e histórica de ese amor en el misterio de la Encarnación.4

El costado traspasado de Cristo

La lanzada que atraviesa el costado de Jesús después de su muerte ocupa un lugar central en la interpretación de la encíclica. El costado abierto manifiesta visiblemente la entrega total del Redentor y permite contemplar el amor que alcanza su máxima expresión en la cruz.

Benedicto XVI explicó que la sangre y el agua que brotan del costado de Cristo convierten la cruz en fuente de vida y de amor para la Iglesia. La contemplación del Corazón traspasado no constituye una práctica meramente sentimental: introduce al cristiano en el misterio de la entrega de Cristo y fundamenta la capacidad de amar y de darse a los demás.3

La fuente de agua viva

La imagen de la fuente enlaza el Corazón de Jesús con la vida nueva que Dios comunica. Cristo no ofrece únicamente un ejemplo moral; comunica la gracia que transforma al ser humano. La devoción auténtica conduce a una relación viva con el Salvador, a la participación en su amor y a la misión de llevar consuelo, justicia, paz y verdad a quienes sufren.5

Fundamentación cristológica

La parte central de Haurietis Aquas descansa en la doctrina cristológica de la unión hipostática. Esta expresión significa que las naturalezas humana y divina de Cristo subsisten en la única Persona divina del Verbo. La Iglesia no adora en Jesús a dos personas, ni divide sus acciones entre un sujeto humano y otro divino. El mismo Hijo eterno de Dios posee una verdadera humanidad, un cuerpo real, una inteligencia humana, una voluntad humana y auténticos afectos humanos.

El corazón físico de Jesús

Pío XII afirma que Jesús recibió un cuerpo verdadero y experimentó los afectos propios de la naturaleza humana. Entre esos afectos, el amor ocupa el lugar principal. Por esa razón, Cristo poseía un corazón físico como el de cualquier ser humano, un órgano corporal capaz de expresar la vida afectiva humana.6

El corazón corporal de Jesús no constituye un elemento decorativo ni una simple metáfora. Pertenece realmente a la humanidad de Cristo. Ese corazón latió, sufrió y murió unido personalmente al Verbo de Dios. Sus sentimientos humanos no fueron ficticios ni aparentes: Cristo amó con un amor humano verdadero.

La unidad de los amores de Cristo

La encíclica distingue, sin separar, tres dimensiones relacionadas:

  • El amor sensible o afectivo, vinculado al corazón corporal.
  • El amor espiritual humano, propio de la voluntad humana de Cristo.
  • El amor divino del Hijo eterno, común al Padre y al Espíritu Santo.

Estos amores no actúan como realidades rivales. La voluntad humana de Jesús permanece perfectamente ordenada a la voluntad divina, y el amor humano de Cristo manifiesta de modo creado y visible el amor divino del Verbo. Pío XII enseña que entre esas formas de amor existía una unidad completa, sin contradicción ni desarmonía.6

La tradición patrística también defendió la realidad de los afectos humanos de Cristo. Pío XII cita, entre otros testimonios, a san Ambrosio, quien explica que el Verbo asumió un alma y las pasiones propias del alma, aunque Dios, en cuanto Dios, no pueda sufrir ni morir.7

El Corazón como símbolo del amor infinito

El corazón posee un valor simbólico natural. En el lenguaje humano, el corazón representa la intimidad, la voluntad, el afecto y la capacidad de amar. En Jesús, ese simbolismo alcanza una densidad incomparable porque su corazón humano pertenece a la Persona divina del Verbo.

Pío XII llama al Corazón de Cristo signo y símbolo natural de su amor ilimitado por la humanidad. El corazón no representa un amor abstracto separado de Jesús, sino el amor real del Hijo de Dios hecho hombre, manifestado a través de una humanidad auténtica.8

La encíclica establece, no obstante, una precisión teológica decisiva: el Corazón de Jesús no constituye una imagen perfecta y absoluta de la esencia del amor divino. Ninguna realidad creada puede expresar adecuadamente la infinitud de Dios. El culto cristiano honra el Corazón de Cristo como símbolo visible y signo vivo de la caridad divina, no como si un órgano creado pudiera contener o agotar la esencia de Dios.9

Naturaleza del culto al Sagrado Corazón

Un acto de religión

Pío XII califica la devoción al Sagrado Corazón como un acto religioso de alto grado. La devoción exige una determinación completa de consagrarse al amor del Redentor, cuyo corazón herido constituye el signo vivo de ese amor.10

La finalidad no consiste solamente en suscitar afectos piadosos. La devoción implica:

  • Adorar a Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre.
  • Contemplar su amor redentor.
  • Agradecer los beneficios recibidos.
  • Reparar, mediante el amor y la conversión, las ofensas cometidas contra Dios.
  • Configurar la propia vida con los sentimientos de Cristo.
  • Practicar la caridad con el prójimo.

La respuesta humana al Corazón de Cristo nace de una iniciativa divina: Dios ama primero y concede la gracia necesaria para responder a su amor. Benedicto XVI vinculó la contemplación del Corazón traspasado con la capacidad cristiana de entregarse por los demás.3

El objeto inmediato y el objeto último

La teología de la encíclica permite distinguir dos niveles del objeto de la devoción:

  • Objeto inmediato: el Corazón físico de Jesús, unido inseparablemente a su Persona divina.
  • Objeto último: el amor de Cristo, que incluye su amor humano y su amor divino, y remite al amor de la Santísima Trinidad.

El fiel parte de una realidad corporal visible y, iluminado por la fe, asciende hacia la realidad espiritual y divina significada por ella. Pío XII describe este movimiento como el paso del corazón corporal al amor sensible, del amor sensible al amor humano espiritual y, finalmente, al amor divino del Verbo encarnado.9

La devoción no adora un corazón separado de Cristo. Adora al mismo Cristo bajo la consideración de su corazón, símbolo eminente de su amor. La unión personal entre el corazón humano y el Verbo permite dirigir a Cristo un único acto de culto, aunque la reflexión teológica distinga las realidades significadas.

Devoción privada y liturgia oficial

La distinción fundamental

La historia de la devoción al Sagrado Corazón incluye experiencias místicas, prácticas personales, asociaciones, imágenes, consagraciones y ejercicios de reparación. Estas expresiones pertenecen principalmente al ámbito de la piedad privada o comunitaria, es decir, a formas legítimas de oración y de espiritualidad que los fieles adoptan para alimentar su vida cristiana.

La liturgia, en cambio, constituye el culto público de la Iglesia. La Iglesia, mediante su autoridad, establece las celebraciones litúrgicas, sus textos, sus formularios y su lugar dentro del año litúrgico. La devoción privada no puede sustituir la liturgia ni presentarse como equivalente a los sacramentos o a la celebración eucarística.

Integración en el culto de la Iglesia

Pío XII no contrapone la devoción al Sagrado Corazón con la liturgia. Al contrario, pretende mostrar su conexión con el culto que la Iglesia rinde al amor de Cristo y al amor de la Trinidad. La encíclica pide que los cristianos comprendan la importancia particular de esta devoción tanto en la liturgia como en la vida interna y apostólica de la Iglesia.2

La aprobación litúrgica de la fiesta del Sagrado Corazón no convierte automáticamente cada práctica devocional en acto litúrgico. Una novena, una hora santa, una consagración familiar o una imagen doméstica pueden expresar una piedad profundamente católica, pero pertenecen a un orden distinto del de la misa y la Liturgia de las Horas.

La relación correcta presenta tres características:

  1. La liturgia posee primacía como culto público de la Iglesia.
  2. La devoción privada recibe orientación de la fe y de la liturgia.
  3. La devoción conduce hacia una participación más profunda en la liturgia, especialmente en la Eucaristía, donde el sacrificio de la cruz vuelve sacramentalmente presente el amor entregado de Cristo.

Benedicto XVI afirmó que el culto del amor alcanza una manifestación visible en el misterio de la cruz celebrado de nuevo sacramentalmente en cada Eucaristía. La Eucaristía fundamenta así la capacidad del cristiano para amar y ofrecerse.3

La Eucaristía y el Corazón de Cristo

La Eucaristía ocupa un lugar privilegiado en la espiritualidad del Sagrado Corazón porque hace presente el sacrificio de Cristo y su entrega amorosa al Padre por la salvación del mundo. La contemplación del Corazón de Jesús alcanza en la misa su centro sacramental: allí la Iglesia participa en el misterio pascual y recibe al mismo Cristo.

La devoción no debe reducir la Eucaristía a una imagen del amor de Jesús ni desplazar la celebración eucarística por prácticas privadas. Al contrario, la espiritualidad del Sagrado Corazón invita a participar en la misa con mayor conciencia de la entrega redentora, a recibir dignamente la comunión y a prolongar fuera del templo la caridad recibida.

La adoración eucarística, la reparación y la comunión frecuente adquieren sentido cuando conducen a una unión más profunda con Cristo y a una vida coherente con su amor. El Corazón traspasado no inspira una espiritualidad encerrada en la intimidad individual, sino una existencia abierta al servicio.

Los frutos espirituales y morales

Conversión personal

La contemplación del amor de Cristo revela simultáneamente la grandeza de la misericordia divina y la gravedad del pecado. El fiel reconoce que Cristo amó a la humanidad hasta entregar su vida por ella y responde mediante la conversión, la penitencia y la renovación de la conducta.

Pío XII presenta la devoción como un camino hacia una reforma saludable de la vida cristiana. La devoción pierde su finalidad cuando permanece en imágenes, palabras o emociones sin transformación moral.2

Reparación

La reparación expresa el deseo de responder al amor de Cristo ante el pecado, la indiferencia y el rechazo de Dios. No añade nada al valor infinito de la redención, ya consumada por Cristo, pero permite que el creyente participe espiritualmente en ella mediante la penitencia, la oración, el sacrificio y las obras de caridad.

La reparación auténtica no alimenta resentimiento ni condena a otras personas. Nace de la gratitud, del arrepentimiento y de la voluntad de cooperar con la gracia para sanar el desorden causado por el pecado.

Caridad hacia el prójimo

La devoción al Sagrado Corazón conduce necesariamente al amor concreto. Benedicto XVI relacionó la contemplación del costado abierto de Cristo con la obligación cristiana de entregar la vida por los hermanos.3

La espiritualidad del Corazón de Jesús impulsa a:

  • Atender a los pobres y a los enfermos.
  • Perdonar las ofensas.
  • Acompañar a quienes sufren.
  • Combatir la indiferencia.
  • Promover la justicia y la paz.
  • Superar el individualismo y el aislamiento.
  • Construir comunidades cristianas fraternas y misioneras.5

Vida apostólica

El amor recibido de Cristo transforma al discípulo en testigo. La Iglesia no anuncia una idea impersonal, sino a Jesucristo, el Hijo de Dios y Redentor del hombre. La misión cristiana nace de la unión con él y alcanza credibilidad mediante la santidad y la caridad.

Benedicto XVI sostuvo que la formación intelectual y pastoral resulta necesaria, pero que el conocimiento decisivo para el ministerio cristiano procede del encuentro «de corazón a corazón» con Cristo.11

Relación con el Inmaculado Corazón de María

La devoción al Sagrado Corazón mantiene una relación natural con la devoción al Inmaculado Corazón de María. María recibió con plena docilidad el amor de Dios, permaneció unida a Cristo y participó de manera singular en el misterio de su entrega.

La unión entre ambos corazones no confunde a Cristo y a María ni coloca a la Virgen al mismo nivel que el Redentor. Cristo posee el amor divino por naturaleza, como Hijo eterno del Padre; María recibe la gracia de modo creado y singular. La veneración del corazón de María conduce hacia Cristo y ayuda a contemplar la respuesta perfecta de una criatura al amor divino.

Recepción e influencia eclesial

Haurietis Aquas consolidó la enseñanza doctrinal sobre el Sagrado Corazón y ofreció un marco teológico para interpretar sus diversas prácticas. Su influencia alcanzó la predicación, la catequesis, la espiritualidad sacerdotal, la vida religiosa, las asociaciones de fieles y las celebraciones litúrgicas dedicadas al Corazón de Jesús.

La encíclica también impidió dos reduccionismos opuestos:

  • El sentimentalismo, que convertiría la devoción en una emoción sin fundamento cristológico.
  • El intelectualismo abstracto, que hablaría del amor divino sin atender a la humanidad real de Cristo ni a su corazón traspasado.

La doctrina de Pío XII une cuerpo, afectividad, voluntad, persona y misterio trinitario. El corazón corporal pertenece a la humanidad de Cristo; la humanidad pertenece al Verbo; y el amor humano de Cristo manifiesta históricamente el amor divino que salva al mundo.

Valor teológico de Haurietis Aquas

La importancia de la encíclica puede resumirse en varias afirmaciones fundamentales:

  • El Sagrado Corazón pertenece al misterio de la Encarnación.
  • Jesús posee una humanidad verdadera, con cuerpo y afectos humanos auténticos.
  • El corazón físico de Cristo constituye el símbolo natural de su amor.
  • El amor humano y el amor divino de Jesús permanecen unidos en la única Persona del Verbo.
  • La devoción adora a Cristo y a su caridad, no un órgano corporal considerado de forma aislada.
  • Ningún símbolo creado agota la infinitud del amor divino.
  • La devoción privada debe distinguirse de la liturgia, aunque ambas pueden mantener una relación fecunda.
  • La Eucaristía constituye el centro sacramental de la contemplación del amor redentor.
  • La devoción exige conversión, reparación, santidad y servicio al prójimo.

Significado actual

La enseñanza de Haurietis Aquas conserva actualidad porque presenta el cristianismo como respuesta al amor primero de Dios. En una cultura marcada por el individualismo, la indiferencia y la fragmentación interior, el Corazón de Cristo manifiesta un amor personal, fiel y entregado.

La contemplación del Corazón traspasado invita a abandonar la autosuficiencia y a confiar en Cristo. También exige traducir la oración en obras: quien recibe el amor del Salvador debe convertirse en instrumento de misericordia, reconciliación y esperanza.

El Corazón de Jesús constituye así el centro visible de una realidad invisible: el amor infinito del Verbo encarnado, ofrecido al Padre por la salvación de la humanidad y comunicado a la Iglesia para la santificación del mundo.

Citas y referencias

  1. Sobre la devoción al Sagrado Corazón, Pío XII. Haurietis Aquas, 1 (1956). 2
  2. Sobre la devoción al Sagrado Corazón, Pío XII. Haurietis Aquas, 20 (1956). 2 3 4 5
  3. Benedicto XVI. Carta al Superior General de la Sociedad de Jesús sobre el 50.o aniversario de la Encíclica Haurietis Aquas (15 de mayo de 2006), 1 (2006). 2 3 4 5 6
  4. Sobre la devoción al Sagrado Corazón, Pío XII. Haurietis Aquas, 23 (1956). 2
  5. Benedicto XVI. Mensaje al Cardenal Antonio José González Zumárraga, Arzobispo Emérito de Quito, Presidente de la Comisión Central del III Congreso Americano de Misiones (12 de agosto de 2008), 1 (2008). 2
  6. Sobre la devoción al Sagrado Corazón, Pío XII. Haurietis Aquas, 41 (1956). 2
  7. Sobre la devoción al Sagrado Corazón, Pío XII. Haurietis Aquas, 48 (1956).
  8. Sobre la devoción al Sagrado Corazón, Pío XII. Haurietis Aquas, 22 (1956).
  9. Sobre la devoción al Sagrado Corazón, Pío XII. Haurietis Aquas, 104 (1956). 2
  10. Sobre la devoción al Sagrado Corazón, Pío XII. Haurietis Aquas, 6 (1956).
  11. Benedicto XVI. 19 de junio de 2009: Solemnidad del Más Sagrado Corazón de Jesús - Segunda Víspera - Apertura del Año para los Sacerdotes, 19 de junio de 2009 (2009).
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