Las asociaciones piadosas de laicos tienen raíces antiguas, con referencias a ellas en Constantinopla y Alejandría, y menciones en las leyes carolingias de los siglos VIII y IX en Francia1. Sin embargo, la primera confraternidad en el sentido moderno y propio de la palabra, bajo la advocación de la Santísima Virgen María, se considera que fue fundada en París por el obispo Odón, quien falleció en 12081.
El auge de las hermandades marianas se consolidó a partir del siglo XVI, con un crecimiento significativo de estas asociaciones piadosas1. Un hito fundamental fue la fundación de la Sodalidad de la Santísima Virgen María en 1563 en el Colegio Romano de la Compañía de Jesús por Juan Leunis2. Esta sodalidad, que inicialmente reunía a los alumnos más fervorosos para la oración y ejercicios piadosos en honor a la Virgen, fue erigida como archisodalidad por la bula «Omnipotentis Dei» del Papa Gregorio XIII en 15842.
El objetivo de estas sodalidades era la perfección personal en la virtud y el estudio, así como las obras de caridad y el celo por las almas2. Se reunían los domingos y días festivos, bajo la dirección de un sacerdote jesuita, y contaban con un consejo de miembros que asistía al director2. Las sodalidades marianas se extendieron rápidamente, llegando a incluir decenas de miles de miembros en poco tiempo y multiplicándose wherever la Compañía de Jesús establecía colegios o misiones2.
A lo largo de los siglos, estas sodalidades han sido un motor importante para la renovación de la vida de la Iglesia y han perdurado hasta el presente2. Han sido reconocidas por su capacidad para formar no solo católicos leales, sino también verdaderos apóstoles laicos2.
