La palabra hermandad procede de la idea de una unión fraterna entre cristianos. En el ámbito eclesial, una hermandad mariana reúne voluntariamente a fieles que desean vivir determinados aspectos de la fe bajo la protección de la Virgen, especialmente mediante una advocación concreta: la Inmaculada Concepción, Nuestra Señora del Carmen, Nuestra Señora del Rosario, la Virgen de los Dolores, la Asunción o cualquier otro título reconocido por la Iglesia.
La hermandad no dirige la devoción hacia María como si ella fuese una divinidad independiente. La veneración mariana pertenece al culto cristiano y conduce a Cristo, único Salvador y mediador. La piedad hacia la Virgen incluye tradicionalmente veneración, amor, invocación e imitación; la relación filial con María orienta al discípulo hacia una vida conforme al Evangelio.1
Las hermandades marianas suelen integrar varias dimensiones:
- Culto y oración, mediante rosarios, novenas, triduos, celebraciones eucarísticas y fiestas patronales.
- Vida fraterna, mediante reuniones, acompañamiento mutuo y participación comunitaria.
- Formación cristiana, especialmente en doctrina, espiritualidad mariana y vida litúrgica.
- Obras de caridad, atención a pobres, enfermos y personas necesitadas.
- Apostolado, catequesis, evangelización y presencia cristiana en la sociedad.
- Custodia de un patrimonio religioso, formado por imágenes, insignias, templos, libros y tradiciones.
El Directorio sobre la piedad popular y la liturgia reconoce que las cofradías y asociaciones piadosas desarrollan actividades caritativas y sociales, al tiempo que promueven el culto cristiano a la Trinidad, a Cristo, a la Virgen, a los ángeles y a los santos.2
