El Cordero en la tradición bíblica
La imagen del cordero posee una larga trayectoria en la revelación bíblica. El cordero pascual del Éxodo aparece vinculado a la liberación de Israel de la esclavitud de Egipto. La sangre del animal marca las casas de los israelitas y expresa protección y salvación.
La tradición cristiana también relaciona a Cristo con el Siervo sufriente de Isaías, presentado como un cordero llevado al matadero que carga con los sufrimientos y las culpas de los demás. La interpretación cristiana ha unido así dos dimensiones: la víctima inocente que entrega su vida y la víctima pascual cuya sangre trae liberación.
La figura del cordero no describe a Cristo como un ser débil o pasivo en sentido meramente sentimental. Expresa su inocencia, su obediencia filial, su entrega sacrificial y su victoria redentora. El Cordero ofrece libremente su vida y, mediante esa entrega, vence el pecado y abre el camino hacia la vida nueva.
San Juan Bautista y el Evangelio de Juan
En el cuarto Evangelio, Juan Bautista contempla a Jesús y proclama:
«Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo».
El Bautista no se presenta como el salvador ni permite que sus discípulos permanezcan centrados en su propia persona. Su misión consiste en dar testimonio de Jesús y conducir hacia él. San Agustín interpreta esta escena afirmando que Juan no es el Cordero, sino el testigo que muestra al verdadero Cordero, cuya sangre redime a la humanidad.
La expresión de Juan posee una dimensión universal. Cristo no quita únicamente el pecado de un grupo particular, sino el pecado del mundo. El título apunta a la misión salvadora de Jesús y anticipa el misterio de su muerte y resurrección.
El contraste con el Apocalipsis
La presentación de Cristo como Cordero adopta un matiz diferente en el Apocalipsis. En el Evangelio de Juan, el Bautista contempla a Jesús al comienzo de su ministerio y lo identifica como el Cordero que quita el pecado. En el Apocalipsis, el Cordero aparece en el centro de la liturgia celestial y de la victoria definitiva de Dios.
El Apocalipsis contempla al Cordero como inmolado, pero vivo y glorioso. La imagen no queda encerrada en el sufrimiento de la cruz: el Cordero participa en el poder y en la gloria de Dios, recibe la adoración de las criaturas y conduce la historia hacia su consumación. Orígenes relaciona la figura del Cordero herido con la profecía del Siervo sufriente y con la visión apocalíptica del Cordero que permanece como degollado; en ambos casos, la muerte de Cristo aparece como una entrega redentora y no como una derrota definitiva.
El contraste puede formularse de este modo:
- Juan Bautista anuncia al Cordero al comienzo de la misión pública de Jesús.
- El Apocalipsis contempla al Cordero en la gloria pascual y escatológica.
- El Evangelio insiste en que Cristo quita el pecado del mundo.
- El Apocalipsis muestra que el Cordero inmolado reina, vence el mal y recibe la adoración celestial.
La liturgia reúne ambas perspectivas. Cuando la asamblea canta el Agnus Dei, proclama al mismo tiempo al Cristo entregado por la salvación del mundo y al Cristo resucitado que concede la paz.