Una traducción teológicamente precisa puede expresarse así:
Salve, verdadero Cuerpo,
nacido de la Virgen María,
que verdaderamente padeciste y fuiste inmolado
en la cruz por el hombre;
de cuyo costado traspasado
fluyeron agua y sangre:
sé para nosotros un anticipo
en la prueba decisiva de la muerte.
Oh Jesús dulce,
oh Jesús piadoso,
oh Jesús, Hijo de María,
ten misericordia de mí. Amén.
«Verdadero Cuerpo»
La palabra verum-«verdadero»- excluye una interpretación puramente simbólica del Sacramento. El himno confiesa que el Cristo recibido en la Eucaristía es verdaderamente el mismo Señor que nació de María y entregó su vida en la cruz. La oración no contrapone el cuerpo eucarístico al cuerpo histórico de Jesús, sino que proclama la identidad del único Cristo.
La enseñanza eucarística de la Iglesia vincula estrechamente el misterio de la Eucaristía con la Encarnación: el Hijo eterno recibió de la Virgen María una auténtica naturaleza humana. Juan Pablo II relacionó explícitamente el comienzo del himno con esta verdad: el Verbo tomó carne en el seno de María y recibió de ella un cuerpo humano.
«Nacido de la Virgen María»
El segundo verso afirma la realidad de la Encarnación y la maternidad divina de María. El cuerpo sacramental de Cristo no corresponde a una humanidad aparente o imaginaria: procede de la humanidad que el Hijo de Dios asumió realmente en el seno de la Virgen.
La referencia mariana también recuerda que la Eucaristía no puede separarse del misterio completo de Cristo. El Señor presente en el altar es el mismo Jesús nacido de María, muerto y resucitado. Juan Pablo II describió la Eucaristía como el mismo cuerpo que Cristo recibió de la Virgen y que ofrece a los fieles en el banquete eucarístico.
«Verdaderamente padeciste y fuiste inmolado»
Los términos vere passum e immolatum profesan la realidad de la Pasión. Cristo no sufrió únicamente en apariencia: padeció de verdad y entregó su vida por la salvación de la humanidad.
La palabra inmolado relaciona la cruz con el sacrificio. El himno contempla la Eucaristía en continuidad con la entrega de Cristo en el Calvario. La adoración eucarística no dirige la atención a una presencia desligada de la cruz, sino al Señor que permanece sacramentalmente presente como el mismo Salvador que ofreció su vida por todos.
Juan Pablo II tradujo esta parte del himno como una confesión del Cuerpo nacido de la Virgen, que realmente sufrió y fue sacrificado en la cruz por la humanidad.
«De cuyo costado traspasado fluyeron agua y sangre»
La imagen procede del relato joánico de la lanzada en el costado de Cristo. El agua y la sangre evocan la realidad de la muerte del Señor y, en la tradición cristiana, han recibido también una interpretación sacramental: el agua recuerda el Bautismo y la sangre, la Eucaristía.
El verso reúne el signo visible de la Pasión y la fecundidad espiritual del sacrificio de Cristo. El costado abierto muestra un amor que no permanece cerrado en sí mismo, sino que se entrega y comunica vida.
«Sé para nosotros un anticipo en la prueba decisiva de la muerte»
Esta petición exige especial cuidado en la traducción. El sustantivo latino praegustatum significa literalmente «lo que se saborea anticipadamente». El himno pide que Cristo eucarístico constituya para el fiel un anticipo de la vida eterna cuando llegue el momento de la muerte.
La expresión in mortis examine alude al momento de la prueba o del juicio de la muerte. No conviene traducirla de modo que parezca referirse simplemente a una degustación física o a una fórmula sentimental. El sentido teológico apunta al viático, es decir, a la Eucaristía recibida como alimento y auxilio espiritual por el cristiano que se aproxima al final de su peregrinación terrena.
La Iglesia llama tradicionalmente viático a la Comunión administrada a los fieles en peligro de muerte. La Eucaristía sostiene al cristiano en el tránsito hacia la vida eterna y anticipa sacramentalmente el banquete celestial. Juan Pablo II presentó a Cristo eucarístico como el alimento cotidiano de los peregrinos en la tierra y pidió que condujera a los fieles a la mesa del cielo.
Otra traducción posible, de carácter más explicativo, sería: «conviértete para nosotros en el alimento anticipado de la vida eterna cuando afrontemos la hora de la muerte». Esta versión no reproduce literalmente cada término, pero conserva mejor el significado espiritual del viático.
«Oh Jesús dulce, oh Jesús piadoso»
La conclusión adopta un tono de súplica personal. Después de contemplar la Encarnación, la cruz y el costado abierto, el orante invoca a Jesús como Señor lleno de dulzura y misericordia.
La mención de Jesús como Hijo de María reúne nuevamente los dos grandes misterios del himno: la humanidad verdadera del Salvador y su presencia eucarística. La oración termina con una petición de misericordia, no con una explicación abstracta sobre la Eucaristía. El creyente contempla el misterio y responde mediante la adoración y la confianza.