El Gloria presenta una progresión cuidadosamente articulada. Comienza con la gloria divina, pasa a la alabanza de la Iglesia, concentra la atención en Jesucristo como Cordero de Dios y termina con la confesión de la gloria trinitaria.
La doxología inicial: el anuncio angélico
La primera parte recuerda la noche de Belén:
**Gloria a Dios en el cielo,
y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor.**
Esta estrofa tiene un carácter kerigmático, es decir, anuncia una intervención salvadora de Dios. Los ángeles no ofrecen una reflexión abstracta sobre Dios: proclaman que, en el nacimiento de Jesús, la gloria celestial irrumpe en la historia humana. El cielo y la tierra aparecen unidos por la venida del Salvador. El papa Francisco describió esta apertura como «un anuncio gozoso del abrazo entre el cielo y la tierra».
La palabra «gloria» no significa una cualidad que los seres humanos puedan añadir a Dios. Significa reconocer públicamente quién es Dios y manifestar su grandeza. La paz tampoco designa una simple ausencia de conflictos. En el contexto cristiano, expresa la reconciliación que Cristo realiza entre Dios y la humanidad.
La alabanza de la Iglesia
La segunda sección acumula verbos de adoración:
**Te alabamos, te bendecimos,
te adoramos, te glorificamos,
te damos gracias.**
La repetición intensifica la respuesta de la Iglesia al don recibido. La asamblea no pide todavía bienes concretos; ante todo contempla y celebra la gloria de Dios. El himno posee así un carácter de alabanza pura, aunque más adelante incluya peticiones de misericordia.
La enumeración también expresa las distintas dimensiones de la actitud litúrgica:
- Alabar significa reconocer las obras y perfecciones de Dios.
- Bendecir significa proclamar su bondad.
- Adorar significa rendirle el culto debido como Creador y Señor.
- Glorificar significa confesar su grandeza.
- Dar gracias significa recibir toda la realidad como don de Dios.
La confesión del Padre
El himno llama a Dios:
**Señor Dios, Rey celestial,
Dios Padre todopoderoso.**
Estos títulos reúnen dos perspectivas. «Rey celestial» proclama la soberanía de Dios sobre la creación; «Padre» expresa su relación eterna con el Hijo y su paternidad salvadora respecto de los creyentes. La fórmula no presenta a Dios como una fuerza impersonal, sino como el Padre todopoderoso al que la Iglesia se dirige con confianza filial.
La confesión de Jesucristo
El Gloria aplica a Jesús varios títulos cristológicos:
**Señor, Hijo único, Jesucristo;
Señor Dios, Cordero de Dios, Hijo del Padre.**
«Señor» traduce el reconocimiento de la dignidad divina de Cristo. «Hijo único» afirma su relación única y eterna con el Padre. «Jesucristo» une el nombre histórico de Jesús con el título mesiánico de Cristo. «Cordero de Dios» evoca el sacrificio redentor y relaciona a Jesús con el cordero pascual y con la presentación de Cristo como aquel que quita el pecado del mundo.
La doble invocación «Señor Dios» manifiesta que la Iglesia no considera a Jesucristo un mero profeta o maestro religioso. El himno lo incluye en la gloria divina y dirige a él una súplica que corresponde a su condición de Salvador.
Las tres súplicas al Cordero
El Gloria repite tres veces la referencia al pecado del mundo:
**Tú que quitas el pecado del mundo,
ten piedad de nosotros.**
**Tú que quitas el pecado del mundo,
atiende nuestra súplica.**
**Tú que estás sentado a la derecha del Padre,
ten piedad de nosotros.**
Estas invocaciones combinan alabanza y petición. La Iglesia reconoce primero la obra salvadora de Cristo y, después, implora que los frutos de esa obra alcancen a la comunidad reunida. La expresión «sentado a la derecha del Padre» alude a la exaltación pascual de Cristo y a su autoridad como Señor resucitado.
La triple forma no constituye una repetición vacía. Presenta a Cristo como quien perdona el pecado, escucha la oración de la Iglesia y reina junto al Padre. La súplica «ten piedad» no contradice el tono festivo del himno: la alegría cristiana incluye la confianza en la misericordia.
La conclusión trinitaria
El Gloria termina así:
**Porque solo tú eres Santo,
solo tú, Señor,
solo tú, Altísimo, Jesucristo,
con el Espíritu Santo,
en la gloria de Dios Padre.**
La conclusión atribuye a Jesucristo los títulos «Santo», «Señor» y «Altísimo», y lo presenta unido al Espíritu Santo en la gloria del Padre. El movimiento del himno alcanza aquí su culminación: la Iglesia comienza escuchando el anuncio de los ángeles y termina proclamando la gloria de la Trinidad.