Invitación a la alabanza
El poema comienza convocando a Sion a alabar al Salvador, guía y pastor:
*Lauda, Sion, Salvatorem,
lauda ducem et pastorem
in hymnis et canticis.*
La Iglesia canta a Cristo como Salvador, Rey, guía y pastor. La alabanza nace de la grandeza del misterio: el ser humano debe atreverse a cantar cuanto pueda, aunque ninguna alabanza alcance plenamente la dignidad de Cristo.
La secuencia une así dos actitudes aparentemente distintas: la audacia de cantar y la humildad ante un misterio que supera toda expresión. La Iglesia alaba porque ha recibido un don inmenso, pero reconoce que sus palabras resultan insuficientes.
La institución de la Eucaristía
El himno recuerda la Cena del Señor y presenta la Eucaristía como el memorial sacramental de la Pascua de Cristo. La nueva mesa del Rey inaugura el nuevo sacrificio y lleva a cumplimiento las figuras de la antigua alianza:
*In hac mensa novi Regis,
novum Pascha novae legis
Phase vetus terminat.*
La mesa del nuevo Rey contiene el nuevo Cordero pascual de la nueva Ley; la Pascua antigua encuentra en Cristo su cumplimiento. El poema expresa una lectura tipológica de la Escritura: los acontecimientos y signos de la antigua alianza apuntaban hacia la plenitud de Cristo.
La presencia real
El centro doctrinal del Lauda Sion aparece en la afirmación de que el pan pasa a ser el Cuerpo de Cristo y el vino pasa a ser su Sangre:
*Dogma datur Christianis,
quod in carnem transit panis,
et vinum in sanguinem.*
La fe cristiana recibe aquí una enseñanza dogmática: el pan se transforma en la carne de Cristo y el vino en su sangre. La estrofa no pretende ofrecer una explicación filosófica completa, pero confiesa con precisión la doctrina eucarística de la Iglesia.
La secuencia reconoce también que los sentidos no captan directamente esta transformación. Bajo las distintas especies permanecen ocultas realidades sublimes; la fe afirma lo que la vista, el gusto y el tacto no pueden descubrir por sí mismos.
Cristo entero bajo cada especie
El himno proclama que Cristo está presente entero bajo la especie del pan y entero bajo la especie del vino:
*Caro cibus, sanguis potus:
manet tamen Christus totus,
sub utraque specie.*
El fiel recibe verdaderamente a Cristo, no una parte separada de él. La comunión bajo una sola especie contiene al Señor entero, porque la presencia eucarística no divide a Cristo.
La misma doctrina aparece en los versos que explican que Cristo no queda partido, roto ni dividido cuando lo reciben muchos comulgantes. Uno recibe tanto como mil; el sacramento no disminuye por la multitud de quienes participan en él.
Efectos diversos de la comunión
El Lauda Sion distingue entre la recepción sacramental y sus frutos espirituales. Buenos y malos pueden recibir externamente el mismo sacramento, pero el resultado no coincide:
*Sumunt boni, sumunt mali,
sorte tamen inaequali,
vitae vel intéritus.*
Los buenos reciben para la vida; los malos, para su propia condenación. El verso recuerda la necesidad de acercarse a la Eucaristía con fe, conversión y disposición adecuada. La recepción material del sacramento no produce automáticamente el mismo fruto espiritual en todos.
La fracción del pan
La secuencia aborda también la fracción de la hostia. La ruptura afecta al signo sacramental, pero no disminuye la presencia de Cristo:
*Fracto demum sacramento,
ne vacilles, sed memento,
tantum esse sub fragmento,
quantum toto tegitur.*
La fe debe permanecer firme: bajo cada fragmento está presente Cristo entero, igual que bajo la hostia completa. La división visible pertenece a la especie sacramental; Cristo no experimenta división ni reducción.