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Himno Salve Regina

El himno Salve Regina es una de las principales antífonas marianas de la tradición latina y una de las oraciones más difundidas de la Iglesia católica. Su texto invoca a la Virgen María como Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza de los cristianos; presenta la existencia terrena como un peregrinaje marcado por el sufrimiento y concluye pidiendo contemplar a Jesucristo, fruto bendito de su seno. La Iglesia lo utiliza en la Liturgia de las Horas y lo conserva también como una de las expresiones más importantes de la piedad popular mariana.

Salve Regina in tono solemni
Ver información de la imagenFuente: Liber usualis missae et officii pro dominicis et festis cum cantu Gregoriano ex editione Vaticana adamullim excerpto a Solesmensibus Monachis. Desclée, París/Tournai 1954, p. 276, c. 2019. Original, Der wahre Jakob, CC BY-SA 4.0 📄
Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreHimno Salve Regina
CategoríaObra
DescripciónDifusión monástica medieval; adoptada por cistercienses, dominicos y franciscanos; codificada por el papa Gregorio IX en el siglo XIII
Autor
Autoridad EclesiásticaGregorio IX
EstadoEn uso actual en la Liturgia de las Horas y en la piedad popular
Fecha de Creación1239
TextoSalve, Regina, mater misericordiae, vita, dulcedo et spes nostra, salve. Ad te clamamus, exsules filii Evae. Ad te suspiramus, gementes et flentes in hac lacrimarum valle. Eia ergo, advocata nostra,illos tuos misericordes oculos ad nos converte. Et Iesum, benedictum fructum ventris tui, nobis post hoc exsilium ostende. O clemens, O pia, O dulcis Virgo Maria.
TipoOración, Antífona mariana, XI
TraducciónDios te salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra, Dios te salve. A ti clamamos los desterrados hijos de Eva; a ti suspiramos, gimiendo y llorando, en este valle de lágrimas. Entonces, Señora, abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos. Y después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María!
Uso LitúrgicoLiturgia de las Horas (antífona final de las horas)

Tabla de contenido

Denominación y naturaleza litúrgica

El título procede de las primeras palabras del texto latino: Salve, Regina, que pueden traducirse como «Dios te salve, Reina» o «Salve, Reina». En sentido litúrgico estricto, el Salve Regina pertenece al género de las antífonas marianas, no al de los himnos estróficos en sentido técnico. La tradición litúrgica latina llama antífonas marianas a cuatro composiciones principales:

  • Alma Redemptoris Mater.
  • Ave, Regina caelorum.
  • Regina caeli.
  • Salve Regina.

Aunque estas piezas nacieron vinculadas al canto de los salmos, adquirieron también una vida propia como cantos independientes. La tradición medieval las incorporó progresivamente al final del Oficio, según los distintos tiempos del año litúrgico.1

El uso actual distingue con claridad entre la antífona que forma parte de la oración litúrgica oficial y las numerosas formas de recitación o canto que pertenecen a la devoción privada y comunitaria. Esta distinción evita considerar toda recitación del Salve Regina como una parte obligatoria de la misa o de cualquier celebración parroquial.

Texto latino y traducción castellana

Texto latino tradicional

Salve, Regina, mater misericordiae,

vita, dulcedo et spes nostra, salve.

Ad te clamamus, exsules filii Evae.

Ad te suspiramus, gementes et flentes

in hac lacrimarum valle.

Eia ergo, advocata nostra,

illos tuos misericordes oculos ad nos converte.

Et Iesum, benedictum fructum ventris tui,

nobis post hoc exsilium ostende.

O clemens, O pia, O dulcis Virgo Maria.

Traducción habitual

Dios te salve, Reina y Madre de misericordia,

vida, dulzura y esperanza nuestra, Dios te salve.

A ti clamamos los desterrados hijos de Eva;

a ti suspiramos, gimiendo y llorando,

en este valle de lágrimas.

Ea, pues, Señora, abogada nuestra,

vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos.

Y después de este destierro,

muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre.

¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María!

La traducción castellana conserva el movimiento fundamental del original: comienza con una alabanza, pasa a la súplica de una humanidad peregrina y termina con la petición cristológica de contemplar a Jesús. Las palabras Mater-«Madre»- y Virgo-«Virgen»- presentan una historia textual propia y no aparecen de igual manera en todos los testimonios medievales. La forma tradicional, consolidada por la recepción litúrgica y devocional, las ha integrado plenamente en el texto conocido por los fieles.2

Origen y desarrollo histórico

Autoría tradicional

La autoría del Salve Regina ha recibido atribuciones diversas. Durante siglos, la tradición lo relacionó con san Bernardo de Claraval, especialmente por la conocida narración según la cual el santo habría añadido o pronunciado con especial solemnidad la invocación final: O clemens, O pia, O dulcis Virgo Maria. Sin embargo, la tradición histórica considera problemática esta atribución. La leyenda aparece documentada tardíamente, mientras que los contemporáneos de san Bernardo y sus primeros biógrafos no ofrecen un testimonio concluyente. Además, el análisis musical y literario favorece la unidad de la composición.2

La atribución más difundida entre los estudios históricos vincula el texto con Hermann de Reichenau, conocido como Hermann Contractus, monje benedictino del siglo XI. Otros autores medievales y modernos propusieron a Petrus de Monsoro, obispo de Compostela, o a Adhémar de Monteil, obispo de Le Puy. Estas atribuciones reflejan la gran difusión del canto, pero no permiten establecer con certeza absoluta una autoría única.2

Difusión medieval

El Salve Regina adquirió una importancia notable en los monasterios y en las órdenes religiosas medievales. Los cistercienses promovieron su canto y lo incorporaron a diversas celebraciones del Oficio. Los dominicos contribuyeron decisivamente a su uso después de Completas, mientras que los franciscanos favorecieron su incorporación al Breviario de la Curia romana. Desde allí, la antífona alcanzó una difusión cada vez mayor en la Iglesia latina.2

En 1239, el papa Gregorio IX estableció que una de las cuatro antífonas marianas se cantara al final del Oficio según el tiempo litúrgico. Esta decisión contribuyó a fijar una práctica que ya contaba con precedentes monásticos y que posteriormente se extendió ampliamente.1

La popularidad del Salve Regina también creció junto con las colecciones medievales de relatos sobre la Virgen María y con otras prácticas de piedad mariana, como el rezo repetido del avemaría, la dedicación devocional del sábado a la Virgen y el Oficio breve de la Virgen. Los monasterios desempeñaron un papel decisivo en la composición, copia y difusión de estos textos y costumbres.3

La tradición cisterciense y dominicana

Los cistercienses cantaron el Salve Regina en procesiones y en momentos solemnes del Oficio. En 1218, el capítulo general de la orden prescribió su canto procesional ante el altar mayor; pocos años después estableció también diversas formas de recitación comunitaria. Estas disposiciones muestran que la antífona no constituía únicamente una oración privada, sino una expresión pública de la espiritualidad monástica.2

Los dominicos difundieron especialmente su canto después de Completas desde el siglo XIII. Esta práctica vinculó el texto con el final de la jornada, el examen espiritual y la confianza en la protección maternal de María durante la noche. La costumbre pasó luego a numerosas comunidades y parroquias, aunque la forma concreta de mantenerla pertenece a la disciplina propia de cada institución o comunidad.2

Estructura literaria

El texto presenta una composición breve, intensa y progresiva. Aunque carece de estrofas regulares como muchos himnos litúrgicos, organiza sus invocaciones mediante un ritmo solemne y una sucesión de títulos y peticiones.

Saludo y alabanza

La primera sección proclama:

«Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra».

La oración no comienza con una petición de bienes materiales, sino con una confesión de fe. María aparece como Reina, porque participa de modo singular en la dignidad de su Hijo glorificado; como Madre, porque dio a Cristo su naturaleza humana y ejerce una maternidad espiritual respecto de los discípulos; y como Madre de misericordia, porque su misión materna orienta hacia la misericordia de Dios manifestada en Jesucristo.

El tratamiento mariano no coloca a María al margen de Cristo ni en competencia con Él. La Iglesia entiende toda grandeza de María desde su relación con el Hijo: ella recibe de Dios su misión, su gracia y su dignidad. La misericordia que los fieles esperan alcanza su plenitud en Dios y en Cristo, mientras María coopera maternalmente para que los cristianos acojan ese don.4

Clamor de los peregrinos

La segunda sección cambia el tono de alabanza por el de súplica:

«A ti clamamos los desterrados hijos de Eva».

La expresión «hijos de Eva» enlaza con el relato bíblico de la caída y con la condición humana marcada por el pecado, la fragilidad y la distancia respecto de la plenitud prometida por Dios. María aparece como la mujer asociada a la obra de la redención en contraste con Eva, no porque sustituya a Cristo, sino porque participa obedientemente en el designio divino que culmina en Él.

La palabra «desterrados» no presenta la vida terrena como una realidad carente de valor. Expresa, más bien, la tensión entre la peregrinación presente y la patria definitiva. La existencia cristiana ya participa de la salvación, pero todavía espera su consumación. Por eso la oración une confianza y lamento: el creyente clama porque conoce la promesa, y suspira porque aún no contempla plenamente su cumplimiento.

«Valle de lágrimas»

La expresión in hac lacrimarum valle, «en este valle de lágrimas», constituye una de las imágenes más conocidas del Salve Regina. El «valle» representa la condición histórica y temporal de la humanidad: un espacio de pruebas, enfermedad, injusticia, duelo, pecado y muerte. Las «lágrimas» no significan que la fe cristiana desprecie el mundo ni que la vida humana carezca de esperanza. Expresan el sufrimiento real que acompaña el camino hacia la bienaventuranza.

La imagen posee también una dimensión bíblica y escatológica. El cristiano vive entre la experiencia del dolor y la certeza de la resurrección. María no aparece como una figura distante de ese sufrimiento: la tradición cristiana contempla su participación singular en el misterio de la cruz y su unión maternal con el sacrificio de Cristo. Por esa experiencia, la Iglesia la invoca como madre cercana a quienes atraviesan peligros y angustias.5

El «valle de lágrimas» tampoco autoriza una espiritualidad de resignación pasiva. La súplica pide que la mirada misericordiosa de María acompañe al creyente en el dolor y lo conduzca hacia Cristo. La esperanza cristiana no elimina la responsabilidad de aliviar el sufrimiento, practicar la caridad y trabajar por la justicia.

María como «abogada»

La palabra advocata significa «abogada», «defensora» o «intercesora». El título no convierte a María en una autoridad independiente frente a Dios. La intercesión mariana depende enteramente de la mediación única de Jesucristo y participa de ella de manera subordinada.

La Iglesia puede invocar a María como abogada porque contempla en ella una maternidad espiritual orientada al bien de los discípulos. Su intercesión no consiste en persuadir a un Dios reacio a perdonar, sino en acompañar a los creyentes para que se abran a la gracia divina. La tradición cristiana expresa esta confianza mediante la petición: «vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos».

La mirada misericordiosa de María simboliza su solicitud maternal. No implica que María sustituya el juicio de Dios ni que conozca las conciencias con independencia del Creador. El lenguaje poético comunica la cercanía de una madre que acompaña a sus hijos y los dirige hacia su salvación.

«Muéstranos a Jesús»

El centro cristológico de la antífona aparece en la petición final:

«Y después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre».

El Salve Regina no termina con María, sino con Jesucristo. La Virgen es presentada como la madre que muestra al Salvador. La imagen recuerda el misterio de la Encarnación: Jesús es verdaderamente el fruto bendito del seno de María y, al mismo tiempo, el Hijo eterno de Dios hecho hombre para la salvación del mundo.

La petición posee un sentido escatológico. «Después de este destierro» alude a la esperanza de la visión de Dios y a la vida eterna. El creyente pide llegar a contemplar a Cristo sin la oscuridad, las limitaciones y los sufrimientos de la peregrinación terrena. María cumple aquí una función de guía: conduce la mirada hacia Jesús, que constituye el término último de toda devoción mariana auténtica.

Exégesis teológica de los títulos marianos

Reina

El título de Reina deriva de la unión singular de María con Cristo, Rey y Señor. La realeza mariana no equivale a una soberanía autónoma ni a un poder político. María reina participando de la gloria de su Hijo y ejerciendo una maternidad espiritual en favor de los miembros de la Iglesia.

La antífona une inmediatamente «Reina» y «Madre». La realeza de María no adopta la imagen de una autoridad distante, sino la de una dignidad maternal orientada al servicio y a la intercesión.

Madre de misericordia

El título Madre de misericordia admite una interpretación cristológica, eclesial y espiritual. María es Madre de Jesucristo, rostro visible de la misericordia divina; por ello, su maternidad está inseparablemente relacionada con la manifestación de la misericordia de Dios. La tradición teológica también la contempla como madre espiritual de los creyentes, a quienes acompaña en el camino de la salvación.6

La misericordia no procede originariamente de María, sino de Dios. María la recibe, la experimenta de manera singular y coopera para que los hombres acojan el amor misericordioso revelado en Cristo. Esta doctrina mantiene simultáneamente dos verdades: Dios es la fuente de toda gracia y María intercede maternalmente por los discípulos.4

Vida, dulzura y esperanza

La triple invocación «vida, dulzura y esperanza nuestra» describe la experiencia espiritual de quienes acuden a María.

  • Vida: María conduce a Cristo, que es la Vida verdadera. Su maternidad recuerda el nacimiento del Salvador y la vida nueva que Él comunica.
  • Dulzura: el término expresa la cercanía misericordiosa y consoladora de la maternidad, no una sentimentalidad superficial.
  • Esperanza: María representa para la Iglesia la promesa de la salvación cumplida y la esperanza de la gloria futura.

Estos títulos no atribuyen a María una autonomía divina. La Iglesia los entiende en relación con Cristo, fuente de la vida, de la gracia y de la esperanza.

Hija de Eva y peregrina

La referencia a los «hijos de Eva» sitúa a toda la humanidad dentro de una historia de pecado y redención. María, nueva Eva en la tradición teológica, responde con obediencia y fe allí donde la primera Eva aparece asociada a la desobediencia. La comparación no borra la responsabilidad personal ni reduce el misterio humano a una oposición esquemática; expresa la participación singular de María en la obra de la salvación.

La imagen de los «desterrados» describe a la Iglesia peregrina. Los cristianos viven ya como hijos de Dios, pero esperan todavía la plena manifestación de esa dignidad en la vida eterna.

Abogada

Como «abogada», María intercede por quienes peregrinan en medio de peligros. Esta intercesión tiene carácter maternal y subordinado. Cristo permanece como el único Mediador entre Dios y los hombres; la intercesión de María participa de la obra de Cristo y depende de ella.

La invocación resulta especialmente coherente con el conjunto de la antífona: quienes claman y suspiran piden que María vuelva hacia ellos su mirada y les muestre a Jesús. La abogada no desvía la súplica de Cristo, sino que la orienta hacia Él.

Clemente, piadosa y dulce

La conclusión proclama:

«¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María!»

Los tres adjetivos resumen el tono afectivo y teológico de la oración. Clemente expresa benevolencia; piadosa, compasión y solicitud; dulce, cercanía consoladora. La Iglesia emplea un lenguaje filial que no pretende convertir a María en una divinidad, sino confesar la eficacia maternal de su intercesión dentro de la comunión de los santos.

El Salve Regina en la Liturgia de las Horas

La Liturgia de las Horas constituye la oración pública de la Iglesia fuera de la celebración de los sacramentos. Dentro de ella, las antífonas marianas ocupan un lugar propio al final de las horas, conforme a la organización del libro litúrgico y al tiempo del año. La tradición reformada de la Liturgia de las Horas conserva las antífonas marianas como expresiones destacadas de veneración a la Madre del Señor.7

El Salve Regina forma parte de este patrimonio litúrgico junto con las otras tres grandes antífonas marianas. La asignación concreta de cada antífona depende del tiempo litúrgico y de las normas de la edición oficial de la Liturgia de las Horas. Por tanto, una comunidad que reza la Liturgia de las Horas debe seguir el calendario y las rúbricas correspondientes, sin trasladar automáticamente a toda celebración la práctica de una determinada época o instituto religioso.

La presencia del Salve Regina en la Liturgia de las Horas no lo convierte en una parte fija de la misa. La misa posee su propia estructura ritual y sus propios textos; la antífona puede cantarse en otros contextos legítimos, pero ninguna costumbre devocional puede sustituir las partes establecidas de la celebración eucarística.

Relación con la misa y las oraciones después de la comunión

La antigua costumbre de las oraciones leoninas

Durante una etapa anterior a la reforma litúrgica, la recitación del Salve Regina pudo aparecer vinculada a determinadas oraciones añadidas al final de la misa, especialmente dentro de conjuntos de oraciones prescritas por la disciplina de la época. En 1884, León XIII estableció la recitación de determinadas oraciones después de las misas rezadas, práctica que pertenecía a la disciplina litúrgica entonces vigente.2

En 1960, la Santa Sede todavía regulaba las llamadas oraciones leoninas y permitía omitirlas en diversas circunstancias, entre ellas cuando la misa incluía homilía o cuando la celebración iba seguida inmediatamente por otro acto litúrgico o piadoso.10

La reforma litúrgica posterior al Concilio Vaticano II

La reforma litúrgica posterior al Concilio Vaticano II eliminó aquellas oraciones añadidas como obligación general al final de la misa en el rito romano ordinario. Por tanto, el Salve Regina no constituye actualmente una oración obligatoria después de la misa.

Una parroquia puede cantar o rezar el Salve Regina después de la misa como ejercicio legítimo de piedad, siempre que conserve la distinción entre la celebración eucarística ya concluida y el acto devocional posterior. También puede incluir un canto mariano en otros momentos adecuados, de acuerdo con las normas litúrgicas y con el discernimiento pastoral.

Las orientaciones de la reforma permitieron, en determinados contextos, un tiempo de silencio o un salmo o cántico de alabanza después de la comunión y antes de la oración posterior, pero esta posibilidad no equivale a introducir automáticamente cualquier oración devocional en la estructura de la misa. La normativa subrayó el carácter opcional de estas formas y pidió emplearlas con sentido litúrgico y adecuada preparación de la comunidad.11

Música y canto gregoriano

La melodía gregoriana del Salve Regina pertenece al repertorio más conocido de la música litúrgica latina. Su diseño favorece la proclamación clara del texto y permite la participación de una asamblea amplia. Las antífonas marianas gregorianas poseen melodías de estructura accesible y expresiva, capaces de comunicar musicalmente el contenido teológico de la oración.1

El Salve Regina también inspiró numerosas composiciones polifónicas y obras de autores de distintas épocas. Compositores vinculados a la tradición renacentista, barroca y moderna han creado versiones para coro, voces solistas e instrumentos. Estas composiciones pueden enriquecer la oración cuando respetan la naturaleza sagrada del texto y el contexto litúrgico o devocional en que se interpretan.

La melodía gregoriana suele dividir el texto en miembros de extensión desigual, adecuados al ritmo de la prosa latina. La música no funciona como un simple adorno: ayuda a interiorizar la invocación y a expresar el tránsito desde la alabanza hacia la súplica y la esperanza.

Significado espiritual

El Salve Regina reúne varios elementos fundamentales de la espiritualidad católica:

  1. La confianza en la misericordia de Dios, invocada mediante la maternidad espiritual de María.
  2. La conciencia de la fragilidad humana, expresada por las lágrimas, el exilio y el clamor.
  3. La dimensión peregrina de la Iglesia, que camina hacia la patria definitiva.
  4. La intercesión de María, siempre subordinada a la mediación de Cristo.
  5. La centralidad de Jesús, fruto bendito del seno de la Virgen y término de toda petición mariana.
  6. La esperanza escatológica, orientada a la contemplación definitiva del Salvador.

La oración permite unir la experiencia concreta del sufrimiento con la esperanza cristiana. Quien la reza no niega el dolor ni pretende resolverlo mediante una fórmula automática. Pide acompañamiento, misericordia y una mirada orientada hacia Cristo.

Recepción en la espiritualidad católica

A lo largo de los siglos, el Salve Regina ha acompañado a monjes, religiosos, peregrinos, familias y comunidades parroquiales. Su éxito devocional procede de la combinación de una doctrina mariana sólida, un lenguaje accesible y una melodía fácilmente reconocible.

La oración expresa el afecto filial hacia María, pero conserva una orientación profundamente cristológica. El creyente no pide simplemente consuelo humano; pide que María le muestre a Jesús. La invocación final impide interpretar la devoción mariana como una práctica aislada del Evangelio.

La tradición católica considera que María, unida singularmente a Cristo y asociada maternalmente a su obra salvadora, acompaña a los discípulos todavía peregrinos entre peligros y angustias. Esta maternidad espiritual sirve también como modelo para la maternidad de la Iglesia, llamada a cuidar de los hombres y conducirlos hacia la bienaventuranza.5

Valor enciclopédico y litúrgico

El Salve Regina ocupa un lugar singular porque pertenece simultáneamente a tres ámbitos relacionados, pero distintos:

  • La tradición litúrgica, como antífona mariana de la Liturgia de las Horas.
  • La tradición musical, como una de las melodías más célebres del canto gregoriano y como fuente de numerosas composiciones.
  • La piedad popular, como oración de confianza, súplica y esperanza.

La correcta comprensión del texto exige mantener estos ámbitos en su orden. La liturgia posee primacía en la vida pública de la Iglesia; las devociones populares, cuando armonizan con la fe y con las normas eclesiales, extienden la oración cristiana a la vida diaria. Ningún ejercicio devocional, por venerable que sea, sustituye la celebración eucarística ni modifica por sí mismo la estructura oficial de la misa.8

Conclusión

El Salve Regina es una oración mariana de origen medieval que la Iglesia ha recibido, cantado y transmitido como una de sus expresiones más profundas de confianza. Sus títulos -Reina, Madre de misericordia, vida, dulzura, esperanza y abogada- adquieren su sentido pleno en relación con Jesucristo. El «valle de lágrimas» representa la peregrinación dolorosa de la humanidad, mientras que la petición de contemplar al «fruto bendito» de María orienta toda la oración hacia la salvación definitiva en Cristo.

Como antífona, conserva un lugar propio en la Liturgia de las Horas; como canto, pertenece al patrimonio gregoriano y polifónico; como devoción popular, acompaña legítimamente la oración de los fieles. La normativa litúrgica posterior al Concilio Vaticano II suprimió su recitación obligatoria después de la misa, pero no disminuyó su valor espiritual ni impidió su uso devocional en los momentos adecuados.

Citas y referencias

  1. Antífona. Enciclopedia Católica, Antífona (1913). 2 3
  2. Salve Regina. Enciclopedia Católica, Salve Regina (1913). 2 3 4 5 6 7
  3. Devoción a la Santísima Virgen María. Enciclopedia Católica, Devoción a la Santísima Virgen María (1913).
  4. A. Bandera. La voluntad salvífica universal en la encíclica «Dives in misericordia» y el culto al Corazón de Cristo, 10 (1987). 2
  5. F. Ocáriz. María y la Trinidad, 3 (1988). 2
  6. VIII, Santa Sede. Acta Apostolicae Sedis: número 1, 2016, 26 (2016).
  7. Primera parte - Sección primera - La bienaventurada virgen en el rito romano revisado, Papa Pablo VI. Marialis Cultus, 13 (1974).
  8. Prácticas devocionales populares, Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos. Prácticas devocionales populares, Prefacio (2003). 2
  9. Segunda parte: Directrices para la armonización de la piedad popular con la liturgia - Capítulo cinco: Veneración de la santa madre de Dios - Ejercicios piadosos recomendados por el magisterio - El rosario, Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos. Directorio sobre la Piedad Popular y la Liturgia: Principios y Directrices, 202 (2002).
  10. II, Santa Sede. Acta Apostolicae Sedis: número 5, mayo de 1960, 42 (1960).
  11. III. De quibusdam variationibus in ordine missae, Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos. Instrucción Tres años atrás (4 de mayo de 1967), 15 (1967).
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