Primeras evidencias patrísticas
Los primeros testimonios del Sanctus aparecen en la literatura patrística. San Clemente de Roma (c. 104) menciona que la iglesia cantaba las palabras del profeta Isaías 6, 3 – «Santo, santo, santo el Señor de los ejércitos» – como oración comunitaria1. Posteriormente Origen (c. 254) también alude a su uso litúrgico, señalando la incorporación de la frase «porque el cielo y la tierra están llenos de su gloria» como una adaptación cristiana del texto bíblico1.
Evolución en la liturgia occidental
A lo largo de los siglos el Sanctus se consolidó como la última parte del Prefacio en la Misa romana. En el Rito romano medieval ya se cantaba antes de la consagración, y la práctica se extendió a los ritos galicano, mozárabe y ambrosiano, manteniendo una estructura esencialmente idéntica1. En la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II se reafirmó su posición como «canto o oración que se une al sacerdote al final del Prefacio»2.
