El Imperio romano y la persecución de Decio (249‑251)
En el año 249 el emperador Decio promulgó un edicto que obligaba a todos los ciudadanos a ofrecer sacrificio a los dioses paganos. La negativa cristiana era considerada delito de traición y se castigaba con la muerte o la prisión. El edicto generó una ola de persecución que alcanzó a clérigos, laicos y a los propios obispos1. Muchos cristianos fueron ejecutados; entre los mártires más recordados están el Papa Sixto II y San Cipriano de Cartago1.
La persecución bajo Valeriano (257‑260)
Tras la muerte de Decio, el emperador Valeriano intensificó la represión contra los cristianos, persiguiendo especialmente a los obispos, sacerdotes y diáconos. El edicto de Valeriano exigía que los clérigos ofrecieran sacrificio bajo pena de muerte, lo que provocó la muerte de varios obispos y el exilio de otros1. La persecución cesó cuando Valeriano fue capturado por los persas en 260, y su sucesor, Galieno, revocó las medidas más duras1.

