La situación anterior a Decio
Durante los siglos I y II, las persecuciones contra los cristianos fueron habitualmente locales, intermitentes y dependientes de circunstancias concretas. Una autoridad provincial podía actuar contra una comunidad cuando surgían acusaciones, disturbios o denuncias. La represión no afectaba de manera uniforme a todas las Iglesias del Imperio.
En tiempos de Trajano, los cristianos podían ser denunciados y castigados si persistían en su negativa a participar en el culto imperial. Esta política favorecía la apostasía de los más débiles, mientras quienes mantenían su confesión podían llegar al martirio, como ocurrió con Ignacio de Antioquía. Bajo Adriano, los cristianos continuaron expuestos a procesos, aunque la situación no alcanzó todavía el carácter de una persecución universal. Durante el reinado de Marco Aurelio, la persecución de Lyon, en el año 177, permaneció circunscrita a esa ciudad.
La existencia de mártires durante los periodos considerados tolerantes muestra que la Iglesia no disfrutaba de una seguridad jurídica estable. Incluso bajo emperadores que podían favorecer determinadas actividades culturales relacionadas con cristianos, las autoridades locales podían actuar contra miembros destacados de la comunidad. El obispo Calixto, por ejemplo, murió apedreado en Roma el 14 de octubre de 222.
La persecución de Decio
La llegada de Decio al poder, a finales del año 249, introdujo una novedad de gran alcance. El emperador exigió que todos los ciudadanos del Imperio realizasen un acto de culto conforme a las exigencias oficiales. La medida afectaba directamente a los cristianos porque su fe les impedía ofrecer sacrificios a los dioses o participar en un culto imperial entendido como acto religioso. La persecución dejó de depender principalmente de decisiones locales y adquirió un carácter general.
La persecución comenzó en el año 250 y tuvo una duración relativamente breve, aunque produjo graves consecuencias. Muchos cristianos afrontaron el martirio; otros huyeron y permanecieron ocultos. La comunidad de Cartago vivió la crisis bajo la dirección de su obispo, Cipriano, quien describió la prueba y procuró mantener la comunicación con los confesores encarcelados. Orígenes también sufrió durante esta persecución y murió poco después a causa de las penalidades padecidas.
La aplicación de la orden imperial dio lugar a diferentes respuestas:
- Los sacrificati ofrecieron efectivamente sacrificios a los dioses.
- Los thurificati quemaron incienso ante las imágenes oficiales.
- Los libellatici obtuvieron un certificado escrito, llamado libellus, que acreditaba formalmente su conformidad con la exigencia imperial, aunque algunos no hubieran realizado personalmente el sacrificio.
La abundancia de certificados conservados en Egipto muestra que la práctica de obtener un libellus tuvo una difusión considerable. La Iglesia consideró culpables a quienes recurrieron a ese procedimiento, aunque la disciplina posterior distinguió entre las diversas formas de apostasía y atendió a las circunstancias personales de cada caso.
La persecución de Valeriano
Valeriano reanudó la represión unos años después. En agosto de 257 promulgó un edicto contra el culto cristiano, las reuniones y los enterramientos de los fieles. Un segundo edicto, publicado en 258, agravó las medidas y dirigió la acción represiva especialmente contra obispos, presbíteros, diáconos y otros responsables de las comunidades.
La persecución afectó particularmente a las personalidades eclesiásticas. Entre sus víctimas figuraron Cipriano de Cartago y otros obispos y ministros. La política de Valeriano pretendía privar a las comunidades de sus dirigentes y desarticular su culto público. La derrota y captura del emperador por Sapor, rey de Persia, puso fin a esta fase de la persecución.
La paz bajo Galieno y Aureliano
Galieno suspendió las medidas represivas en el año 260. Este cambio inauguró un largo periodo de relativa paz para la Iglesia. Durante el reinado de Aureliano, entre los años 270 y 275, las comunidades cristianas disfrutaron de una situación todavía más favorable. Algunos indicios permiten relacionar este periodo con un reconocimiento práctico de la personalidad jurídica de las Iglesias, aunque la consolidación definitiva de la libertad religiosa pertenece al siglo IV.
Aureliano llegó a preparar una nueva intervención contra los cristianos al final de su vida, pero el proyecto no produjo una persecución efectiva. Las grandes persecuciones de carácter imperial volverían con Diocleciano, cuyo reinado ya queda fuera del siglo III.