La cuestión teológica fundamental del siglo V fue la identidad de Jesucristo. La Iglesia tuvo que expresar con precisión cómo se relacionan en Cristo la divinidad y la humanidad.
El pelagianismo
El pelagianismo recibió su nombre de Pelagio, asceta de origen británico que desarrolló su actividad principalmente a finales del siglo IV y comienzos del V. Esta corriente concedía un papel excesivamente amplio a la capacidad moral humana y reducía la necesidad de la gracia divina.
San Agustín combatió con energía esta doctrina. Frente al pelagianismo, defendió que la humanidad necesita la gracia de Dios no sólo para alcanzar la salvación, sino también para querer y realizar el bien sobrenatural. La controversia contribuyó a precisar la doctrina católica sobre el pecado original, la libertad humana, la gracia y el bautismo de los niños.
El conflicto alcanzó a Roma y a varios episcopados occidentales. Los papas Inocencio I y Celestino I intervinieron en el debate, aunque la cuestión continuó desarrollándose durante décadas en el norte de África y en la Galia.
La escuela alejandrina y la escuela antioquena
Dos grandes tradiciones teológicas dominaron el debate cristológico:
- La escuela alejandrina, que insistía en la unidad personal de Cristo y en la íntima unión entre la divinidad y la humanidad.
- La escuela antioquena, que protegía la plena realidad de la humanidad de Jesucristo y prestaba especial atención a la distinción entre sus naturalezas.
La escuela antioquena reaccionó contra el apolinarismo, que negaba de hecho la plena humanidad de Cristo al atribuirle un cuerpo humano unido a un principio divino en lugar de un alma humana racional. Algunos representantes antioquenos acentuaron tanto la distinción entre lo divino y lo humano que su lenguaje podía poner en peligro la unidad personal de Cristo.
El Concilio de Éfeso
El Concilio de Éfeso, celebrado en 431, condenó las posiciones asociadas a Nestorio, patriarca de Constantinopla. La controversia giraba en torno al título Theotokos, traducido habitualmente como Madre de Dios, aplicado a la Virgen María.
La Iglesia no pretendía afirmar que María fuese origen de la divinidad del Verbo. El título expresaba que el Hijo nacido de María es la misma persona divina del Verbo eterno, hecho verdaderamente hombre. Por ello, la maternidad de María se refiere a la persona de Jesucristo, no al origen de su naturaleza divina.
San Cirilo de Alejandría fue la figura teológica principal del concilio. La definición de Éfeso protegió la unidad de Cristo y rechazó cualquier interpretación que dividiera al Salvador en dos sujetos personales.
El Concilio de Calcedonia
La controversia continuó después de Éfeso. Algunos teólogos alejandrinos utilizaron fórmulas que parecían absorber la humanidad de Cristo en su divinidad. La postura más radical quedó asociada a Eutiques.
El Concilio de Calcedonia, celebrado en 451, ofreció la formulación clásica de la fe cristológica:
Jesucristo es uno y el mismo Hijo, perfecto en su divinidad y perfecto en su humanidad, verdadero Dios y verdadero hombre, consustancial al Padre según la divinidad y consustancial a nosotros según la humanidad.
La definición conciliar confesó a Cristo en dos naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin división y sin separación. Esta doctrina evita simultáneamente dos errores: convertir a Cristo en dos personas distintas o disolver su humanidad dentro de la divinidad.
El emperador Marciano y la emperatriz Pulqueria desempeñaron un papel decisivo en la convocatoria y protección del concilio. El Concilio de Calcedonia recibió la Carta a Flaviano de san León como expresión fiel de la doctrina apostólica.
Consecuencias de Calcedonia
Calcedonia no puso fin a todas las tensiones. Diversas comunidades de Egipto y Siria rechazaron el concilio, en parte por motivos teológicos y en parte por conflictos políticos, culturales y jurisdiccionales. Con el tiempo, estas comunidades dieron origen a tradiciones cristianas no calcedonianas, entre ellas la Iglesia copta y diversas Iglesias sirias.
En Constantinopla, la intervención imperial continuó influyendo en la vida eclesial. El emperador Zenón promulgó en 482 el Henotikon, fórmula destinada a reconciliar a los partidarios de Calcedonia y a sus adversarios. La medida provocó el llamado cisma acaciano entre Roma y Constantinopla, que duró de 484 a 519.
El conflicto mostró dos concepciones diferentes de las relaciones entre autoridad imperial y autoridad eclesiástica. En Occidente adquirió mayor fuerza la distinción entre las competencias del poder civil y las de la Iglesia; en Oriente, el emperador conservó una intervención más directa en las controversias religiosas.