Los francos
Los francos, convertidos al cristianismo católico bajo Clodoveo a finales del siglo V, consolidaron durante el siglo VI su dominio sobre buena parte de la Galia. La conversión de la monarquía favoreció la expansión de la fe entre las élites y facilitó la reorganización de las diócesis.
Los obispos francos ejercieron funciones religiosas, jurídicas y sociales. Participaron en la administración de ciudades, protegieron a los pobres, negociaron con los reyes y promovieron la celebración de sínodos. La conversión de la población no avanzó de manera uniforme: persistieron prácticas paganas y una cristianización superficial en áreas rurales.
Gregorio de Tours, obispo de Tours desde 573 hasta su muerte en 594, escribió la Historia de los francos, una de las principales fuentes para conocer la Iglesia y la sociedad de la Galia merovingia. Su obra alcanza el año 591 y combina noticias políticas, relatos episcopales, vidas de santos y narraciones de milagros.
Los visigodos y la Hispania católica
El reino visigodo de Hispania conservó inicialmente el arrianismo, que distinguía la dignidad del Hijo de la del Padre y rechazaba la formulación nicena de la consustancialidad. Esta diferencia afectó a la vida política y eclesial, pues la población hispanorromana profesaba mayoritariamente el catolicismo.
Leovigildo intentó fortalecer la unidad política del reino y buscó una política religiosa más conciliadora, aunque sus medidas no resolvieron la división. La conversión de su hijo Hermenegildo al catolicismo provocó un conflicto político y militar. Hermenegildo murió en 586 después de negarse a recibir la comunión de manos de un obispo arriano, según la tradición transmitida por autores católicos.
En 589, Recaredo abjuró del arrianismo y abrazó la fe católica durante el III Concilio de Toledo. El concilio reunió a obispos hispanorromanos y visigodos, condenó el arrianismo y articuló la colaboración entre la monarquía y la Iglesia católica. La conversión de la corte visigoda facilitó la integración religiosa de la población, aunque la cristianización efectiva de todas las regiones necesitó un proceso más largo.
Italia y la crisis lombarda
La guerra entre Justiniano y los ostrogodos devastó Italia durante buena parte del siglo VI. La reconquista imperial restableció temporalmente la autoridad de Constantinopla, pero la población sufrió la destrucción de ciudades, el descenso demográfico y la presión fiscal.
En 568, los lombardos penetraron en Italia y fundaron diversos ducados. La invasión alteró profundamente el mapa político y eclesiástico. Algunas diócesis quedaron aisladas, numerosas propiedades fueron confiscadas y varias comunidades buscaron refugio en Roma, Rávena, las islas o las zonas costeras bajo control imperial.
La Iglesia tuvo que desempeñar tareas de asistencia y mediación en una sociedad marcada por la guerra. Los monasterios conservaron tierras, acogieron refugiados y mantuvieron centros de culto y de instrucción. Esta situación preparó el protagonismo que alcanzaría el papado romano a finales del siglo VI.
Irlanda y las islas británicas
La Iglesia irlandesa desarrolló una intensa vida monástica y misionera. Los monasterios funcionaron como centros de oración, estudio, copia de manuscritos y evangelización. El monacato irlandés concedió gran importancia a la penitencia, la peregrinación voluntaria y la fundación de comunidades en lugares alejados.
En Britania, la conquista anglosajona había reducido la presencia de las comunidades britanas cristianas a Gales, Cornualles, Cumbria y algunas zonas occidentales. A finales del siglo VI, el papa Gregorio Magno envió a Agustín de Canterbury y a un grupo de misioneros para evangelizar el reino de Kent. La misión llegó en 597 y abrió una nueva etapa para el cristianismo latino en Inglaterra.