El Imperio Bizantino y la polémica iconoclasta
A comienzos del siglo, el emperador León III el Isaurio inició una política de destrucción de imágenes sagradas, motivada por razones teológicas y políticas, que provocó una profunda división dentro de la Iglesia oriental1. La controversia se intensificó bajo su hijo Constantino V, cuyo reinado estuvo marcado por persecuciones violentas contra los defensores de los íconos2. La respuesta del papado, a través de la figura del papa Adriano I, consistió en apoyar a los iconódulos y buscar la intervención de los patriarcas orientales, sentando las bases para el futuro cisma entre Oriente y Occidente3.
El reino franco y la expansión carolingia
Mientras tanto, en Occidente el reino de los francos, bajo la conducción de Carlos Magno, experimentó una expansión territorial y cultural que incluyó la adopción del canto gregoriano y del Sacramentario romano como modelo litúrgico para las iglesias francas4. Esta reforma litúrgica favoreció la unidad de la práctica cristiana en los territorios bajo su dominio y preparó el terreno para una estrecha colaboración con el papado.
