La reforma gregoriana y el papado
El siglo XII estuvo marcado por la continuación de la reforma iniciada por Gregorio VII, que defendía la supremacía papal y la independencia de la Iglesia frente al poder secular1. Esta visión se materializó en la Concordia de Worms (1122), que puso fin al conflicto de investiduras entre el papado y el imperio germánico2. Posteriormente, el pontificado de Inocencio III (1198‑1216) representó el cenit del poder papal, combinando la defensa de la fe con la organización de cruzadas y la promulgación de decretos reformadores3,4.
El conflicto de investiduras
El enfrentamiento entre papas y reyes por la investidura de obispos alcanzó su punto álgido en el siglo XI, pero sus consecuencias se prolongaron hasta el siglo XII. La Concordia de Worms estableció un compromiso que permitió al emperador conceder los bienes temporales de los obispos, mientras la investidura espiritual quedaba bajo la autoridad papal2. Este acuerdo sentó las bases para la autonomía eclesiástica que caracterizó al siglo XII.
